Una serena pasión (Terence Davies / 2016 / Reino Unido-Bélgica) La poesía como arma

Una serena pasión

Cineasta prácticamente desconocido en la cartelera local, Terence Davies puede despistar al espectador desprevenido. Una serena pasión, su bellísima última película, es, sí, una biografía de Emily Dickinson, pero es mucho más que eso. La sinopsis, el hecho de tratarse de una película de época y hasta el poster pueden llevar a pensar que se trata de la expresión remanente de ese cine de qualité que se mantiene inalterable desde hace décadas. Pero Davies habita otro universo cinematográfico, uno muy difícil de clasificar, donde el vínculo con la literatura y la puesta en escena de época son concebidos de una forma muy diferente a la del academicismo, donde el cine es un arte del tiempo, donde la estética no está dada de antemano sino que se construye minuciosamente en función de aquello en que la película indaga. Sin estridencias pero con una fuerza incuestionable, el cine de Davies plantea sus propias reglas; como ejemplo basta la secuencia que abre la película, en la cual personaje y cineasta sientan posición.

“Está sola en su rebelión, señorita Dickinson” le dice a una Emily adolescente la directora del seminario Mount Holyoke antes de expulsarla, no por negar a Dios sino por defender su derecho a pensar su relación con él en sus propios términos. Los planos -frontales, despojados, distanciados y a la vez cargados de intensidad- con los que Davies elige contar el enfrentamiento entre ambas mujeres se van vaciando de a poco, cerrándose sobre Emily y su “contrincante”, apuntalando el combate verbal y filosófico. Primera declaración de principios para un personaje que, a lo largo del film, estará en conflicto permanente con las imposiciones y restricciones de su mundo (y consigo misma). Primera declaración de principios, también, para un cineasta que abraza y defiende con las armas del cine la complejidad y el drama de su personaje.

En la escena inmediatamente posterior, las luces y las sombras rodean a la protagonista mientras su voz, en over, recita este poema temprano y verdaderamente profético: “Por cada instante extático / Debemos pagarle una angustia / En afilada y temblorosa proporción / Al éxtasis”. Ese será el recurso que Davies utilizará para ir hilvanando el relato, dándole un lugar central a la obra de Dickinson, y a la voz como materia privilegiada del cine. Para contar la vida de una gran poeta, nada mejor que un cineasta que no le teme a la poesía.

“Mi alma es mía” dirá Emily una y otra vez a lo largo de la película, y en esa frase podría condensarse la lucha del personaje. Estamos, podríamos decir, ante un conflicto trágico en que ningún camino está libre de males: Dickison es una figura adelantada a su tiempo pero firmemente enraizada en él y constreñida por el universo que le ha tocado habitar, un universo en el que el alma no puede ser de nadie más que de Dios, y en el que las mujeres no tienen nada que hacer casi en ningún sitio, y mucho menos en el mundo del arte. A lo largo de toda la película, la obsesiva precisión con que Davies reconstruye el contexto histórico está puesta en función de volver ese conflicto palpable para los espectadores contemporáneos.

En un intercambio revelador, Emily pide permiso a su padre para escribir de madrugada, cuando las reglas no pueden atraparla. En otro momento de la película, nos deja ver que esta es la máxima libertad a la que puede aspirar; si tuviera un marido, tendría “una vida”, pero ya no podría escribir ni, por lo tanto, seguir siendo ella misma. La escritura es para ella el único terreno ganado a los hombres; aun cuando su nombre sea borrado y sus poemas editados salvajemente, aun cuando sea desde las sombras y en silencio. Pero la Dickinson de Davies, decíamos, es una mujer de su tiempo: esa suerte de protofeminismo que el personaje impulsa sin saberlo no es un panfleto; su rebelión es más bien una fuerza que no puede ser contenida, ni siquiera por ella misma, pero que no tiene tampoco posibilidad de estallar del todo y que no dejará de carcomerla. En medio de todo eso, como única arma, consuelo y refugio, la poesía.

Durante la primera parte de la película, la tragedia espera agazapada; Una serena pasión es también una comedia, en la que el ritmo está dado por los intercambios verbales llenos de ironía de tres brillantes personajes femeninos: Emily, su hermana Vinnie y su amiga Vryling (Davies retrata muy bien los lazos de complicidad entre las mujeres, esos que les permiten sostener sus pequeños actos de rebeldía y sobrevivir a un contexto opresivo). Pero a medida que el relato avanza, y que el dolor va golpeando una y otra vez a la protagonista, la película se va volviendo cada vez más oscura y claustrofóbica, metafórica y literalmente, acompañando el desarrollo del personaje. La luz, elemento central de la propuesta visual de Davies, moldea el espacio, y esa casa familiar en que transcurre la mayor parte de la acción, refugio y prisión, va mutando de manera delicada, casi imperceptible -como esa foto en la que vemos envejecer a los personajes en segundos-, como si fuera un espejo de la protagonista. La misma luz que tiembla y que, en su parpadeo, condensa la fragilidad que Dickinson esconde.

Es triste decir que el estreno de una película como Una serena pasión en la cartelera porteña es algo parecido a un milagro, pero lo es. A llenar las salas, entonces. Para Dickinson, la poesía; para Davies y para nosotros, como única arma, consuelo y refugio, el cine.

Crítica publicada originalmente en la revista Haciendo Cine

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