Te sigue (David Robert Mitchell / 2014 / EE.UU.)

itfollows

Al ser conducido lentamente hasta la puerta de una casita en los suburbios de una ciudad todavía no identificada, cualquier espectador que frecuente el cine de terror ya sabe más o menos qué esperar. Más aún si desde ahí huye espantada una bella adolescente que, por supuesto, aparecerá despedazada un par de planos más tarde. Sin embargo, en esta introducción, y casi sin que lo veamos, algo se desvía levemente de los caminos más rectos del género,  aunque todavía no estemos muy seguros de qué.

Primera hipótesis: Te sigue es otra cosa que lo que sugiere su primera (y muy buena) secuencia  -y también sus afiches, artilugios de la distribución-; queda en el espectador entender rápidamente que este no es un engaño sino un punto de partida (pero estas expectativas frustradas, podemos arriesgar, son la causa del enojo que produce en parte de su público). Las pistas, sin embargo, están ahí para quien quiera seguirlas: en el manejo de los ritmos, en las extrañas idas y vueltas de esa primera damisela en peligro, en la forma en que la luz artificiosa despega con violencia su figura del fondo de modo absolutamente antinaturalista, y, sobre todo, en la forma de construir el miedo.

Cuidado: también su sinopsis puede resultar engañosa. Algo comienza a seguir Jay, la rubia y bella adolescente protagonista de la película, después de un encuentro sexual. Algo que, le explica desesperado el chico que acaba de acostarse con ella, y que acto seguido la durmió con cloroformo y la ató a una silla, puede cobrar múltiples formas, familiares o desconocidas, y no va a detenerse hasta matarla, a menos que lo transmita a otro de la misma forma en que él acaba de hacerlo (otra vez las expectativas frustradas: no se desarrolla ninguna pornotortura se desarrolla cuando Jay despierta atada en medio de un edificio en ruinas; es sólo una -dudosa- forma de asegurarse de que tanto ella como nosotros le prestemos mucha atención a las reglas del juego que está a punto de comenzar).

No estamos anticipando demasiado con esto, porque la película se saca de enicma más o menos rápido el problema de las revelaciones poniéndonos al tanto de la situación, a nosotros y a su protagonista, a poco del comienzo: no vamos a lidiar, entonces, con las causas del terror, sino con sus consecuencias. Aquí las causas son indeterminadas o, por lo menos, indefinibles. No es tanto más lo que aprenderemos sobre esta amenaza; lo que compartiremos son sus efectos. Llevando esta idea al extremo, hasta podríamos arriesgarnos a postular que estamos frente a una especie de MacGuffin: de esta premisa no se desprende casi nada de lo que podríamos esperar, o al menos no del modo en que podríamos esperarlo. De ahí en más, decíamos entonces, no importa tanto por qué pasa lo que pasa, sino cómo esa angustia que se desata de golpe se desarrolla y crece, tanto para los protagonistas como para los espectadores.

Intraducible (aunque bien resuelto por la distribución local), el “it follows” del título original resalta desde fuera de la trama la abstracción de una amenaza que es despojada de (casi) todas sus particulariades. ¿Terror minimalista? Algo te sigue, no importa qué, y casi no hay tiempo de averiguarlo; sólo queda esconderse, correr, y llegado el caso, y aunque sea en vano, tratar de contraatacar.

Si en el cine de terror el sexo es una condena que trae consecuencias del más allá (o del más acá) -con todas las lecturas metafóricas del caso-, aquí no hay nada más que la condena misma; en un solo movimiento, la película obtura la alegoría con el mismo gesto con que parece abrirla. Y aunque desnuda el mecanismo del género, tampoco se convierte en una película (puramente) meta; como veremos después, los cimientos de Te sigue se hunden también en una experiencia que existe más allá de los guiños y las referencias, y en eso reside, en parte, su fuerza. Pero empecemos por el cine.

Hay una forma del asedio que es específicamente cinematográfica. Un modo de vertebrar el espacio, de articular el tiempo, de desplazar el encuadre, de vincularlo con el sujeto filmado, de conducir la mirada del espectador convirtiéndolo en espía y haciéndole sentir, al mismo tiempo, el peso de ser observado. Un idioma que el cine de terror ha sabido construir (y destruir) a lo largo de décadas de pruebas y errores, y que Te sigue conoce y recupera, apostando -casi siempre- por una de sus vertientes más nobles: contra el efectismo que procede a través del impacto imprevisto, el efecto que produce una tensión que opera por acumulación, por alimentación de expectativas. Es este el juego que Te sigue lleva al extremo a través de un montaje y una puesta de cámara que trabajan con el mismo ritmo constante y cansino de la amenaza.

Pero esta amenaza abstracta no funciona en abstracto. Si en muchas películas de terror lo importante es el hecho terrorífico y sus víctimas se vuelven prescindibles, aquí también Te sigue maneja y descarta, al mismo tiempo, los estereotipos del género. En esto es también engañosa la primera secuencia, porque sólo más tarde podemos comprender que si no vemos más que el horror que se cierne sobre el primer personaje de la película es porque, a diferencia de lo que pasará luego con los protagonistas, no compartimos su mirada. Te sigue parte de los roles clásicos dictados por el género para construir personajes que, a la vez, los cumplen y los trascienden, no por ir más allá sino por estar vivos. Los adolescentes de Te sigue son adolescentes, y hay mucho de la experiencia de la adolescencia en ese horror difuso que atraviesa la película, pero también en el modo que tienen los protagonistas de estar, de sufrir, de pelear contra el destino y -sobre todo- de acompañarse para sobrevivir a la angustia.

A diferencia de lo que suele suceder, y a contramano, una vez más, de lo que podrámos esperar de su premisa, en este terrorífico coming of age pesa más aquel costado de la adolescencia que todavía ata a los personajes a la infancia más que la transgresión. Otra sorpresa: a pesar de la excusa sexual de la trama, no hay aquí ni un atisbo de exploitaiton. El sexo casi nunca es un disfrute (exceptuando, tal vez, el primer encuentro), sino algo atravesado por intercambios desiguales, presiones, y motivos muy distintos a los del deseo; los adolescentes de Te sigue, como tantos otros, están mucho más confundidos y angustiados que calientes.

Hay una marcada ingenuidad en las estrategias que los personajes ponen en juego para escapar de su maldición (que no es lo mismo que la estupidez lisa y llana de la que son víctimas -literalmente- tantos personajes del género slasher); al fin y al cabo, la mejor arma que encuentran es cierta lógica de convivencia amistosa extendida como conjuro contra todos los males de este mundo, una estrategia que solo es posible entre auténticos pares y durante la adolescencia. No por nada los adultos están ausentes, en el mejor de los casos, o se convierten directamente en avatares de la amenaza.

Al final, por sobre el terror se eleva una forma de melancolía también específicamente adolescente: un lamento anticipado por el tiempo que se fue, como si a los 18 uno no tuviera, todavía, (casi) todo el futuro por delante; la sensación difusa de que hay algo que se está acabando para siempre. Al final, en Te sigue, no importan tanto los porqués como la experiencia de esa angustia imparable que se desata cuando entedemos, por fin, que la muerte viene a buscarnos.

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