Sieranevada (Cristi Puiu / 2016 / Rumania-Francia-Croacia-Macedonia-Bosnia y Herzegovina)

Sieranevada

Es raro encontrar películas que tengan una propuesta estética fuerte y que, a la vez, no se ahoguen bajo el peso de esa determinación; Sieranevada es uno de esas excepciones. Desde el primer momento, Cristi Puiu establece una manera de mirar, una forma de articular los planos, el montaje y la acción que podríamos denominar “oscilatoria”. En vez del punto de vista omnisciente que configura la puesta en escena clásica, en Sieranevada la cámara va y viene y es consciente (y nos hace conscientes) de sus limitaciones; sabe que no puede estar en todas partes y nos recuerda, a la vez, que siempre que miramos algo estamos perdiéndonos alguna otra cosa. Ese posicionamiento, que es tanto visual y sonoro como narrativo, será el que nos arroje al centro de la acción, convirtiéndonos en un testigo recién llegado, confundido y fascinado a la vez, que no quiere perderse nada. Es raro, también, comenzar una crítica hablando sobre el punto de vista, pero en este caso es inevitable hacerlo porque en esa decisión se cifra todo aquello que distingue a Sieranevada y la convierte en uno de los grandes estrenos de este año.

Un hombre ha muerto, y su familia se reúne para bendecir y despedir a su espíritu, mezclando los rituales fúnebres que dicta la Iglesia Católica Ortodoxa con viejas tradiciones de pueblo; también para comer y hacer todo eso que hacen las familias cuando se reúnen; algunos con fe, otros afectados por la pérdida, o aparentemente indiferentes. Puiu no pierde el tiempo con explicaciones, y deberemos ir de a poco descifrando las relaciones, las motivaciones y las historias que se esconden detrás de los personajes, como si fuéramos un invitado un poco ajeno a todo, llegado a último momento. Limitados como estamos por el punto de vista, por una cámara que va y viene, entra y sale, y muchas veces se queda afuera de lo que está sucediendo con los personajes en algún espacio que nos está vedado, la película va desplegando esa trama invisible que los años van tejiendo en cualquier familia: las alianzas, las tensiones, los resentimientos, las cosas que se dicen en voz baja y las cosas que se dicen a los gritos. La película catpura a la perfección la música de las reuniones familiares: ese murmullo sin principio ni fin, donde las conversaciones se fragmentan y se multiplican, se interrumpen y se continúan como si nada. Pero nada nos dice la película, a nosotros, sus espectadores, a los gritos: Puiu despliega un territorio; somos nosotros los encargados de cartografiarlo.

Sieranevada no se parece en nada a las películas sobre reuniones familiares: está lejísimos de las confesiones espectaculares y las verdades sin vuelta atrás de las películas al estilo de, por ejemplo, La celebración (Thomas Vinterberg, 1998), y también de aquellas versiones melosas de la vida en familia que la crítica más perezosa suele denominar “un canto a la vida”. El retrato de Puiu abraza lo particular: no quiere decirnos nada sobre la Familia, la Condición Humana, la Historia, el Presente, ni ninguna otra cosa con mayúsculas; nos invita a pasar al departamento minúsculo y atiborrado de cosas, de comida y de gente en el que transcurre la mayor parte del relato y confía en que, en caso de que sea necesario sacar conclusiones universales, estas solo podrán nacer del retrato preciso y bien anclado.

Cualquiera que tenga una familia sabe todo lo que una gran reunión puede movilizar; Puiu también, y elige desdramatizarlo y desacralizarlo: los acontecimientos son más cotidianos que terribles, y -más allá de la excepción y el dolor de la pérdida- a nadie le pasa nada demasiado tremendo. La película maneja a la perfección ese tono tragicómico y asordinado que caracteriza a la cotidianeidad, donde un detalle absolutamente insignificante puede desencadenar un escándalo y donde los grandes temas y los problemas graves a veces se enfrentan a las carcajadas. O todo al mismo tiempo.

Sieranevada es una película “liviana” en el sentido que mencionábamos al comienzo de este texto: nunca permite que la solemnidad tiña sus decisiones temáticas ni estéticas. Y si por momentos puede volverse ardua (pero, insistimos, nunca “pesada” ni “grave”) es porque su otra apuesta tiene que ver con la duración, con invitarnos a compartir unas horas entre esos desconocidos que de a poco van dejando de serlo. Pero nada parece estar demás en sus 173 minutos, porque este experimento también tiene que ver con el transcurso del tiempo, de ese tiempo que corre y que se estira cuando algo nos obliga a volver a reunirnos, ya sea alrededor de una mesa o frente a una pantalla.

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