Los oficios invisibles | Entrevista a Marcelo Alderete, programador del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Por Danisa dos Santos y Griselda Soriano

   El universo del cine está lleno de trabajos cuya cotidianeidad se escamotea a los ojos de los espectadores. La programación es, sin duda, uno de ellos: una tarea minuciosa y constante cuyos resultados se hacen evidentes sólo durante unos pocos días o semanas al año; nos atrevemos a arriesgar que incluso entre los muchos espectadores que frecuentan los festivales de cine pocos se detienen a rastrear cómo se construyen esos caminos que seguimos casi sin darnos cuenta, de película en película. A días de un nuevo Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, elegimos dar inicio a una serie de entrevistas dedicadas a estos oficios invisibles compartiendo este extenso diálogo con uno de sus programadores, Marcelo Alderete. Los invitamos a asomarse a la trastienda de uno de los trabajos soñados de cualquier cinéfilo: dedicar la vida a elegir películas y hacerlas visibles para otros.

El Ángel Exterminador: La programación es uno de esos trabajos que se vuelven invisibles para los espectadores; el público, incluso el público de los festivales, muchas veces no sabe cómo definirlo del todo, no sabe en qué consiste, exactamente, ni cómo llega uno a hacerlo. ¿Cómo definirías tu trabajo como programador de un festival de cine?

Marcelo Alderete: Bueno, básicamente consiste en elegir películas. Lo más obvio es eso y es así. Llevado a su más extrema reducción es elegir películas. Yo empecé en el primer BAFICI haciendo otra cosa, y venía de hacer otra cosa también: trabajaba en una empresa que hacía servicios de producción para publicidad, para gente que venía a filmar de afuera, en la época en que a la Argentina vino Alan Parker a filmar Evita y todo eso; esa época fue una especie de boom de productoras que brindaban servicios a otras empresas. Yo había terminado de estudiar y un amigo me llama para trabajar en ese lugar; al poco tiempo -había ido varias veces como espectador al Festival de Cine de Mar del Plata-, este amigo mío, que sabía que a mí me gustaba mucho el cine porque habíamos estudiado cine juntos, me dice que su novia estaba trabajando para el Gobierno de la Ciudad para un nuevo proyecto, en un nuevo festival que estaban armando, un festival de cine independiente que se iba a llamar BAFICI. Yo estaba fijo en el lugar donde estaba trabajando pero ya estaba un poco cansado; la producción no era lo mío, pero se ganaba muy buena plata y demás. Y me llaman para una reunión; en ese momento el director era Andrés Di Tella, me hace una especie de reportaje que duró menos de cinco minutos y me dijo: “Está perfecto. Vos podes trabajar acá”. Él no se debe acordar… pero bueno. Llegué y al momento ya estaba trabajando, pero en ese primer BAFICI nadie sabía muy bien qué era lo que hacía cada uno. Había cargos y puestos, y cada uno hacía lo técnico y lo artístico, pero era todo muy nuevo y nadie sabía exactamente en qué consistía cada cosa y en qué consistía un festival en sí.

EAE: ¿Cuál era tu trabajo en los comienzos del festival, en teoría?

MA: En teoría, yo era una especie de asistente del área artística, de los programadores. A partir de ahí, surgió un problema ese año con el movimiento de las copias de una sede del festival a otro. Yo me hice cargo de eso y salió bien. Entonces al año siguiente me llaman y me ofrecen encargarme de eso: el tránsito de copias. Eran dos cosas: una persona me ofrecía hacer el tránsito de copias y otra trabajar en el área artística. Pero el tránsito de copias lo pagaban más y me decidí por eso. Pésima idea, porque después estuve muchísimos años haciendo ese trabajo que era horrible, un gran sufrimiento. Lo hice muchos años. Lo hice muy bien (risas). Y como siempre tuve muy buena onda, creo, con la gente de técnica, empecé también un trabajo mucho más general con otro tipo de cosas. Que nunca fue reconocido oficialmente hasta mucho después, cuando Sergio Wolf me ofrece ser el coordinador del área de artística. Yo hago ese trabajo durante muy poco tiempo, creo que sólo una edición del festival, y después paso todo lo que pasó en Mar del Plata, cuando se fueron varios programadores, a otros los despidieron y quedaron espacios libres, y me llama Fernando Arca -que hace coordinación de programación dentro del festival- para trabajar como programador y yo ahí hablé con la gente del BAFICI y me fui. No sé si fue en los mejores términos, pero estuve muchos años en el BAFICI desde 1999 hasta el 2008; fueron muchos años. Algunos años era ir y venir, pero durante los últimos años fue casi un trabajo fijo y un lugar en el que a mí me encantó trabajar. Trabajé con todos los que fueron directores del BAFICI.

EAE: Trabajar en un festival de cine como el BAFICI desde sus inicios es una experiencia….

MA: Sí, somos muy pocos los que nos podemos jactar de eso. Somos casi de sangre azul (risas). Y que estamos sanos para contarlo… Trabaje con Fernando Peña, con quien en algún momento me peleé, obviamente; trabajé con Quintín, con quien en algún momento también me peleé. Creo que con Wolf y con Di Tella no llegué a pelearme, pero probablemente haya sido por sus personalidades, pero es un trabajo en el que estás con mucha tensión. También todo cambió mucho: cuando nosotros empezamos eran todas copias en 35 mm, o aproximadamente el 98% de las copias eran en 35 mm. Y hoy, con algunas películas, vuelve el 35 mm, pero en algún momento era todo DCP o archivos de video. Y así empecé a trabajar como programador, pero a mí siempre me gustó ver películas y básicamente es eso: de repente, te pagan para hacer lo que te gusta.

EAE: Que es maravilloso.

MA: Que es buenísimo, que no pasa seguido. Yo tenía una formación muy grande de cierta cinefilia, pero no era más que eso. Empecé a trabajar de esto porque alguien me ofreció hacerlo y yo tenía un trabajo pero la verdad es que esto me gustaba mucho más. Y estaba relacionado con lo que a mí me gustaba. Y así uno empieza a trabajar; ahora: definir lo que es un programador implica hablar de alguien que no sólo elige películas sino que también intenta darle un orden dentro del contexto de un festival, buscarle cierta espina dorsal, que dentro del festival tenga un ordenamiento. Después hay una parte mecánica, que es bastante aburrida, que consiste en contactar a los distribuidores, a los productores, convencerlos de que vayan a tu festival y no a otro, que es toda una cosa social bastante especial y bastante complicada porque uno no sólo representa al festival sino que también se representa a sí mismo. Y entonces conocés gente que tiene muy buena relación con vos pero no tanto con tu festival o viceversa. O películas que uno piensa que tienen que estar en el festival pero que por motivos que a veces son ajenos a la calidad de la película no pueden estar, y hay que manejar eso también. O hacerse cargo de películas que quizás uno no quisiera que estén en el festival y vos tenes que dar la cara por esa película. Es un trabajo de equipo, con otros programadores, y uno, me parece, a veces se tiene que sacar esa idea de que es una especie de santo, que “sólo programo lo mejor, lo que más me gusta y soy incorruptible”; por eso y porque los festivales tienen este carácter de ser un pantallazo de un año, y que en un año existan 300 o 400 películas que sean buenas ya es imposible. Esa, también, es la tarea de un programador: dar un pantallazo de lo que está ocurriendo en la actualidad del cine. Eso en lo que sería la parte de lo “nuevo”, y en lo que respecta a las retrospectivas, esa parte se volvió difícil, porque hoy en día, con el pleno acceso a lo que es películas y bajadas, es muy complicado encontrar algo que no haya sido visto. Ahora creo que los festivales tienen la posibilidad de exhibir esas películas que cualquiera puede ver en su casa en las mejores condiciones. Que también es una tarea del programador: buscar esas copias, ver quién las tiene, contactar a esa gente. Eso sería el trabajo del programador. ¡Está bueno! (risas). Tiene su parte molesta, que es que uno trabaja en grupo, con un equipo de gente, y a veces no se siente identificado del todo con cierto estilo que adquiere el festival en el que uno trabaja, y cosas que se dicen, o lo que uno preferiría que no esté, o lo que está en un lugar y que uno quisiera que esté en otro… Pero son detalles; tampoco me parece tan terrible. Si lo peor que te puede pasar en tu trabajo es ver películas malas… El día que alguien se muera por ver una película mala, ahí vemos; ahí te digo: “No, es  un trabajo riesgoso” pero mientras tanto… Podemos embrutecer, ¡pero matar, nunca!

EAE: Pensando un poco en el Festival de Mar del Plata, que, a diferencia de otros festivales que quizás tienen criterios más restringidos, es un festival bastante diverso, casi “esquizofrénico” (en el mejor sentido posible)… ¿Cuáles son tus criterios como programador del festival de Mar del Plata? ¿Qué buscás a la hora de armar tus líneas de programación?

MA: Lo bueno que tiene Mar del Plata en esta “esquizofrenia” es que el arco que tiene es muy grande y entonces no tenés grandes restricciones a la hora de elegir la películ; sí, quizás, a la hora de pensar qué película va a tal o cual lugar. El año pasado, por ejemplo, vino el director de la película 88:88 (2015), Isiah Medina. Y cuando llegó lo primero que preguntó fue a qué hora se proyectaba El nacimiento de una nación (D.W. Griffith, 1915), porque él quería verla. Y entre su película y El nacimiento de una nación se da el arco perfecto, enorme, que cubre Mar del Plata. Pero nosotros podemos darnos el lujo de poner una película como 88:88 en Panorama pero jamás podríamos ponerla en una competencia. Mar del Plata tiene un estilo en sus películas de competencia que exige que sean películas un poquito más grandes, y con una película así sería un gesto “agresivo” hacia la película que no sé si tiene tanto sentido tenerlo. Poner esa película en el Auditorium, con el público que tiene el Auditorium, es buscar lío; un gesto adolescente que no sé si tiene sentido. Hace años hablamos, pero nunca lo hicimos, de tener una competencia de nuevos autores. Pero sería también hacerle cierta competencia al BAFICI… No sé. En realidad, ni siquiera es que no lo hicimos por ese lado; no lo hicimos por falta de tiempo y de presupuesto, y todo eso. Pero a mí lo que me gustaría dar es un poco lo que hicimos en el último festival: tener lo mejor de lo que se estuvo viendo en todo el año, el panorama brutal que tuvimos, y a su vez crear un espacio para nuevos directores que aparezcan y traigan sus películas. Parece rarísimo, pero en realidad uno cree que tiene acceso a todo y no es así. Y también me gustaría seguir proyectando esas grandes películas pero, dentro de esas grandes películas, hacer una especie de limpieza; el año pasado hubo grandes películas y nos limpiamos de las grandes películas malas, entonces quedaron los buenos grandes nombres. El panorama quedó impecable. A mí lo que me gustaría de un festival es eso: tener esta muestra de grandes nombres y nuevos nombres, de gente desconocida. Algo que pasó también, que también fue un poco de casualidad, fue que pudimos invitar a los  directores. A veces una película, si no está el director presente, puede estar buenísima pero hay algo que termina faltando. Y nos pasa algo muy raro, que es que cada vez quieren venir más los directores; incluso muchos se pagan el pasaje para venir y estar presentes. Y está buenísimo. A mí lo que me gustaría es eso: dar las mejores películas del mundo.

EAE: ¿Cuál es la relación del festival con los otros festivales? ¿Cómo se piensa la programación en relación con los otros festivales? Teniendo en cuenta las particularidades del festival de Mar del Plata.

M.A: Hay algo que pasa siempre, y pasa porque existe esto que se llama la FIAF que les da a los festivales una categoría, y los festivales se esfuerzan por conservar esa categoría. Pero eso termina siendo una especie de problema para el festival, porque vos ves las competencias de otros festivales y tratan de buscar que sean estrenos, que no hayan estado en otros festivales, que no hayan tenido premios, que está muy bien y es loable hacerlo pero te limita mucho, y lo que terminan armando son estas competencias en las que no te dan ganas de ver nada.

EAE: En este sentido, el festival cuida a sus películas.

M.A: Nosotros como programadores no tenemos un control directo de todo lo que se ve. Pero en la parte que me corresponde a mí, y la que corresponde a los que son más allegados a mí, Pablo Conde y Cecilia Barrionuevo, coincidimos en que está bien cuidar lo que seleccionamos y presentarlo de la mejor manera posible.

EAE: Algo muy bueno del festival de Mar del Plata es que logra “contagiarle” esta “esquizofrenia” al público y lo invita a vivir nuevas alternativas: si sos un espectador que sólo quiere ver la competencia, podés hacerlo; si sólo querés ver cine experimental, podés hacerlo, pero si te gusta todo podés verlo y estás expuesto a un azar que te abre  un panorama que, quizás, en festivales más restringidos en su línea, es un experiencia imposible.

MA: Eso es importante. Si vos tenés la chance de ver 88:88 y después podés ver a Sion Sono, cambiás radicalmente el eje y te dan más ganas de seguir viendo más películas. Y también creo yo que hubo una especie de “educación del público” con el festival, que está más receptivo a ciertas cosas que años anteriores, cuando yo era más chico, no existía. Hay festivales que son muy lindos, que están muy bien programados pero no tienen un público. Y volviendo a los festivales, cada vez pasa más esto que festivales de clase A: presentan películas al mundo y, por esta competencia que da entre festivales, se van quedando sin películas, y tienen competencias muy poco interesantes o panoramas muy poco interesantes y esto termina jugando en contra del festival. Tuve la suerte de viajar a muchos festivales, viajé a Rotterdam, a Berlín, estuve de jurado en Jeonju, y si, despúes de ver todos los festivales que vi veo a Mar del Plata, me iría a Mar del Plata como espectador porque tenés de todo para ver, variado. Hay festivales en los que esto no sucede.

EAE: Y como espectador ¿cuáles fueron las cosas que te formaron? Imagino que también influyó mucho esa primera experiencia desde adentro del Bafici…

MA: Yo al BAFICI ya llego medio grande, creo que ya llego formado. Incluso la experiencia del BAFICI ya se conformó habiendo tenido un par de Mar del Plata, que eran un desastre organizativamente, pero te permitía tener una experiencia de festival que acá no existía. Yo recuerdo que trabajaba en la productora, me tomaba la semana, te daban una especie de credencial que era una especie de pase libre e ibas a ver todo lo que querías. No existía eso. Pero ya tenías la experiencia mecánica de ir a ver películas, salir y encontrarte con gente, que es lo bueno de los festivales. Y en los festivales tuvimos Contracampo, que ahí vimos cosas que nadie había visto. Y esa fue mi primera experiencia de festivales. Por eso, cuando llega el Bafici, yo empiezo a trabajar ahí y nunca lo vi como espectador; siempre trabajando. Y estos últimos años, por muchos motivos, no pude estar. Y como experiencia de formación… desde muy chico voy al cine, en esas funciones dobles que se hacían en el cine de barrio. Yo me crié en Villa Crespo; estaba El Atalaya en Córdoba y Scalabrini Ortiz y a cuatro cuadras de ahí estaba el Rialto. Y tengo el recuerdo de haber visto muchas películas ahí: Rambo, Terminator, El profesional con Jean Paul Belmondo y de esos recuerdos surgió Generación VHS, la sección que creamos con Conde. Y después, otro lugar súper importante para mí es lo que era el cine de Hebraica, que era raro lo que hacían porque no era que daban retrospectivas sino que mantenían cosas de la cartelera y las repetían, películas que se habían dado hace tres o cuatro años, como una chance para volver a verlas. Y después la Lugones: me acuerdo de ir todo el tiempo a la Lugones a ver cosas rarísimas. Me acuerdo una vez que dieron todas las películas de Terence Davies, y pasó algo en ese momento, y la película que fui a ver no tenía subtítulos. Te avisaban a la entrada que no tenía subtítulos y yo pensaba: “No importa, la veo igual”. No hablaba inglés, nada, pero no importaba. De esa época me acuerdo de Luciano Monteagudo. Pero mi formación viene desde esa época. Era más amplio lo que se veía, y hoy en día también esta esa inmediatez de que las películas se estrenan y ya están para descargar…  Eso también es un problema para los festivales: antes la brecha de tiempo entre el momento en que una película se daba en algún lugar para que se considere antigua era un año, dos años; ahora se redujo a seis meses. Algo que se mostró en Cannes, cuando llegue a Mar del Plata es posible que ya esté editado o que se haya mostrado en VOB. Y en mi caso, cuando aparece el VHS, ver películas en casa, a lo bestia, fue también una formación medio brutal, puedo decir. Eso y también que en esa época había muchos… no muchos, pero lo que había se consumía todo, libros y revistas: las ediciones españolas que eran dedicadas a un solo director, las de ediciones JC, sobre Brian de Palma, Walter Hill, de Howard Hawkes… Ahí te das cuenta de cómo cambio todo, porque en esa época yo era muy chico y me acuerdo que, por ejemplo, uno leía sobre Antonioni pero no podías, en ese momento, acceder a  Antonioni. Leías y sabías que en algún momento ibas a la Lugones y veías una película de Antonioni. Y no entendías nada; no sabías lo que estabas viendo. Al revés de hoy en día, que alguien sale de una función y escribe en Twitter: “Esta mierda…”. Uno tenía otra experiencia, creía en los que habían escrito y era algo que tenía más que ver con tratar de aprender y no tanto con esta experiencia del fastidio. Supongo que todo tenía otro tiempo; hoy ya no hay ese tiempo, me parece. Hoy no sabés quién es Hou Hsiao- Hsien y lo tipeás y descargás gigas de Hou Hsiao-Hsien.

EAE: Cambió mucho, también, la experiencia del espectador de un festival. Hoy el espectador llega al festival con mucha información. Y en este contexto: ¿cuál te parece que es hoy la función del festival?

MA: El festival agrega más caos al caos; encima de todas las opciones que hay, entra el festival con 400 películas en diez días (Risas). Creo que entra en juego el hecho de que estén presentes los directores, poder proyectar la película en mejores condiciones que las que uno las puede ver en casa, ni siquiera creo que se pone en juego el tema del DCP o el 35 mm, sino la sala de cine. No es lo mismo. Yo hay películas que las he visto, por un tema de trabajo, en video, y después, cuando la veo en el cine, cambia todo. Y los festivales tienen eso. Pasa esto que decíamos: sale tal película y ¿qué hago? Espero dos semanas y me la bajo. Y fue. En cambio, el festival tiene esto que te dice: “Vení, vas a ver una película en la sala; vení, hacé tu experiencia”. Una experiencia que creo que se perdió un poco. Yo la perdí, por lo menos. Un poco por el trabajo y otro poco por la vida normal. Poder ir al cine con amigos, poder después charlar… La verdad es que cambia completamente. Hay películas que las odiás y después la ves en el cine y decís: “Acá hay algo que se pierde”. Y es algo difícil de definir. Y ¿qué hacen los festivales? Volver a la experiencia de ir al cine con gente o con amigos y poder hablar después y permanecer juntos. Que es un poco, también, lo que hacen las escuelas de cine, me parece. Como decía Orson Welles, en una tarde aprendés, técnicamente, lo que hace falta. Pero a la escuela vas a estar con otros que hacen lo mismo que vos, que tienen intereses comunes. Los festivales vuelven a hacer eso. Yo casi no veo películas de estreno en las salas. El poco tiempo que tengo voy a la Lugones a ver algo y nada más. Después veo cosas muy puntuales que tengo que ver por trabajo, pero si no se me pasan y  termino viendo de manera poco noble cosas que me encantaría haber visto en la sala.

EAE: Nos pasa a todos… ¿Cómo pensás el futuro de los festivales?

MA: Todo el mundo trata de hacer algo nuevo y  me parece que no tiene sentido, que está bien como es. Hay gente que dice que los festivales para sobrevivir deberían concentrarse en un nicho y dedicarse a ese nicho. Yo, la verdad, no lo creo; creo que los festivales que son muy de nicho terminan muy concentrados en algo que, muchas veces, no motiva a seguir viendo películas.

EAE: Desde que estás trabajando en Mar del Plata, o desde que vas a Mar del Plata como espectador, ¿cómo te parece que cambio y creció el festival en este tiempo? Para nosotras, como espectadoras, el festival creció muchísimo y se consolidó visiblemente en esta “esquizofrenia” maravillosa de la que hablábamos. En el buen sentido, insistimos: hay líneas claras de programación dentro del festival; no se trata de un rejunte, no es arbitraria.

M.A: Yo empiezo en el 2009; ya había entrado Pablo Conde a trabajar en el festival, yo entro dos meses después, y un año después pasa algo que creo que fue lo mejor que le pudo pasar al festival, en términos de programación y de otras cosas, que es que entra Cecilia Barrionuevo; a partir de ahí, el festival empieza a tener una idea, que antes no tenía, de mostrar cierto cine y Cecilia también tiene algo que yo no tengo, por una cuestión personal, que es una cosa muy social, y estableció conexiones con gente que antes ni tenía en cuenta al festival: otros programadores, otros directores de festivales, otros críticos que yo, quizás, no lograba que lleguen al festival. Sin dudas es, creo yo,  la que tiene mayor consciencia de que se trata de un festival clase A, de que tenés que tener a los mejores. Y Cecilia tiene contacto con esa parte del mundo y tiene una cosa muy social que hace que esa gente quiera venir.

Y creo que cuando empezamos nosotros tres, y no es por vanagloriarnos de nada, vinimos con aires nuevos. Y cada uno tenía sus gustos y su visión de las cosas pero, de alguna manera, nos entendíamos bien. Yo con Cecilia concuerdo bastante en cuanto a gustos; es un poco aburrido porque más o menos tenemos las mismas ideas, más o menos vamos para el mismo lado. Con Conde discuto un poco más, estamos un poco más distanciados (risas), pero a pesar de eso hay entendimiento: sé porque le gusta eso que le gusta y él entiende por qué me gusta eso que me gusta a mí. Con otros programadores me pasa que tal vez a veces no entiendo por qué le gustan algunas cosas ni por qué quieren que esté en el festival. Pero, de nuevo, es un trabajo en equipo. Y hay películas que a mí me parecen malas pero entiendo que también dan cuenta o ofrecen un pantallazo de lo que está pasando en el cine actual. Hay películas que, por algún motivo, ocupan un lugar de importancia en el cine actual y  está bueno conocerlas, por más que las detestes, para decir: “Esto, por algún motivo, funciona en algún lugar” y sirve también como comparación. Está bueno ver lo que uno no considera tan bueno, que tiene importancia para otra gente, pero para uno no.

EAE: Dentro de este equipo de programadores, ¿cuál dirías que es tu aporte personal al festival?

M.A: Por motivos ajenos a mí, en algún momento empecé a tomar contacto con el cine asiático. No porque yo piense que en Asia pase algo que en otro lugar no pasa. Fue realmente casualidad. El cine asiático es muy grande, es bastante difícil acceder a él, y si te dedicas a ver cine asiático podes dedicarte a ver sólo eso porque es inabarcable. Cuando yo empiezo a trabajar me empiezo a contactar con institutos de cine, con algunos directores y demás, y por algún motivo que yo no sé explicar bien qué es y por qué les caigo bien a los asiáticos y confían en mí. (risas) No sé. Sé escribir la carta que roza el corazón del director asiático y que lo convence de cruzar el mundo para venir a un festival de cine. (risas) Y con los directores asiáticos el gran desafío es lograr que atraviesen el mundo para venir acá. Y lo que me gusta de esa parte es eso. En el año 2012, tuvimos una sección dedicada a los nuevos directores coreanos y fue muy bueno porque vino una comitiva de casi catorce personas, todos directores jóvenes con operas primas y segundas películas. Después, a raíz de eso, Bong Joon-ho, el director de The Host, viene al festival;ya hacía años que le escribía cartas para que venga. De hecho, cuando llega al festival lo primero que pregunta es: “¿Quién es Marcelo Alderete?” (Risas). La pasó muy bien acá. Vino de jurado. Y tener contacto con un director como Bong Joon-ho te abre muchas puertas. Y si hice un aporte a el  festival yo creo que fue ese: poder traer a esta gente y ponerlos en contacto con el festival. Y con Johnnie To fue igual; le vengo escribiendo hace mucho tiempo y fue rarísimo. Fernando Spiner, como productor del festival, me decía: “¡Que venga!”. Fueron dos años en los que él no pudo hasta que finalmente nos confirmó. Y fue increíble. Yo jamás pensé que podía pasar algo así. También fue importante cuando vino  Bertrand Bonello; no paso mucho pero estaba ahí. Y el otro aporte me parece que tiene que ver con que antes el festival no tenía “caras”, y esto es lo que intentamos hacer con Cecilia y Pablo cuando presentamos las películas.

EAE:  Para terminar: ¿tenés algún sueño, algún “asunto pendiente” con el festival?

MA: Lo que me gustaría hacer -y es algo que vi en un viaje- es proyectar películas en 70 mm. Son todas grandes películas, en todo sentido: El mago de Oz, Lo que el viento se llevó, The master… Eso me gustaría, pero implica un montón de cosas que son complicadas de hacer. Y otra cosa que me gustaría hacer… Me di cuenta de que nosotros, dentro de la locura del festival, hacemos tantas cosas que a veces mecanizamos un montón de cosas a las que podríamos darles más tiempo. Por ejemplo, dedicarnos a presentar las películas de una mejor manera. Me gustaría poder curar algo, darle otro marco a las cosas, traer a un director, traer a un crítico especializado en ese director y editar un libro sobre su obra y que el espectador, al terminar de ver sus películas, sienta que asistió a una gran “clase” sobre la obra de ese director. Me gustaría poder ofrecer una curaduría más dedicada.

Desgrabación: Danisa dos Santos

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