17º BAFICI: La vida de alguien (Ezeqiuel Acuña / 2014 / Argentina)

La vida de alguien - Ezequiel Acuña

Por Griselda Soriano

   Hay una recurrencia en el cine de Ezequiel Acuña, un ritmo que vuelve y se repite, como esas canciones llenas de melancolía pop que pueblan sus películas. Es posible que, por ese motivo, el espectador que se acerque a La vida de alguien no descubra nada que no haya visto antes, pero eso (como bien nos ha enseñado la música) no es necesariamente malo. La vida de alguien se ve -y suena- como todas sus películas anteriores, e incluso hay más de un guiño consciente que tiende hilos hacia distintos puntos del universo que todas ellas conforman. Pero hay una cierta idea de cierre sobrevolando este film, no sólo por su historia y sus temas, o por su narrativa redonda, sino porque bien podría ser un perfecto fin de ciclo para su realizador, una película que dé una forma final a sus obsesiones temáticas y formales antes de pasar a otra cosa.

   La historia: una banda se reúne -diez años después- para lanzar aquel viejo disco que nunca editaron. En el medio, los fantasmas de amistades y frustraciones pasadas, los asuntos pendientes que no terminan de resolverse, las distancias y los acercamientos entre viejos y nuevos integrantes (que son también los de una generación y otra), y mucha pero mucha música.

   Si en todas las películas de Acuña la música es parte fundamental del relato, en La vida de alguien directamente se convierte en el centro, desde lo argumental y desde lo formal. La vida de alguien es un musical con todas las letras, porque es gracias a sus canciones que la película crece y avanza (pueden escuchar aquí la bella banda sonora compuesta por la banda uruguaya La Foca, protagonistas invisibles del film).

   La vida de alguien se alimenta del mundo del rock no sólo en lo que respecta a lo narrativo y lo musical, sino también al lenguaje audiovisual: buena parte de sus escenas musicales están poseídas por cierto espíritu “videoclipero”, pero esto, si bien tiene algo de lugar común, por otra parte no deja de ser coherente con el universo y la propuesta estética de la película.

   Es evidente que el tiempo ha pasado para los adolescentes eternos que suelen poblar el cine de Acuña: ya son treintañeros, arrastran un pasado que les pesa, y ya se percibe el choque (aunque amigable) con la generación posterior. Y este paso del tiempo, que es sin duda uno de los temas centrales del film, se proyecta en todas direcciones, dentro y fuera de la pantalla. Ahí están, por ejemplo, Santiago Pedrero y Ailín Salas, dos caras de dos momentos clave del quién sabe ya cuán nuevo cine argentino, compartiendo protagonismo. Ahí está también esa sensación de cierre, de fin de ciclo, que toda la película irradia, como decíamos al comienzo de este texto; un efecto que (sea buscado o involuntario, consciente o inconsciente) buena parte de sus espectadores compartimos. Respondidas aunque sea a medias las preguntas del pasado, lo que queda es la pregunta por el futuro. Para todos: para las criaturas de Acuña, para su cine y para los espectadores que también crecieron (crecimos) con él.

También podría interesarle...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>