La larga noche de Francisco Sanctis Todavía no amanece

Por Martín Badell

   Unos escuetos títulos celestes, para nada llamativos, sobreimpresos en la imagen fija de unos monoblocs porteños al amanecer. Una postal que para muchos no dice nada, pero que para otros puede llegar a resultar de lo más sombría. Luego una pequeña cocina opresiva, con una familia tipo en el fragor de un desayuno cualquiera. Cualquiera en los infames años ’70, con esa paleta de colores oscura, envejecida, horrenda. Los peinados, el vestuario, los muebles, los utensilios de cocina, los productos comestibles; todo, todo en esas escenas es tenue, opaco, indescifrable. Es así como se nos presenta el contexto de la última dictadura militar en la que vive el protagonista del título y su familia, y el resto del país.

   El film cuenta un día furioso de aquellos años, en que Francisco Sanctis, empleado gris e intrascendente, probable cultor del “no te metás”, inesperadamente recibe la noticia de que dos desconocidos serían secuestrados esa misma noche por un grupo de tareas del ejército. A partir de ahí, el film escrito y dirigido por Francisco Márquez y Andrea Testa, adaptación de la novela homónima de Humberto Constantini, se sumerge en un drama psicológico con una alta dosis de suspenso. En ese mundo sigiloso, marcado por la paranoia y el secretismo, el protagonista se ve inmerso en un dilema moral que en el peor de los casos podría significar tortura o muerte.

   A primera vista llama la atención los pocos planos generales en la historia. Abundan principalmente los primeros planos del protagonista, e incluso planos detalle de objetos, de variados ángulos y alturas, como siguiendo de incógnito los sucesos, como dejando entrever que no todo lo que sucede está a la vista. Algunos travellings, y no muchas tomas con cámara en mano –probablemente empleadas en los momentos justos- imprimen movimiento a la historia, pero más aun, transmiten ese frenesí en el que súbitamente se ve sumergido Sanctis. La noche y su fotografía completan mediante un registro naturalista el clima de confusión, con una iluminación selectiva que despliega víctimas, pero nunca victimarios. Toda esa tensión es reforzada, a su vez, en el plano de los sonidos: un par de canciones y audios de archivo de aquel entonces aparecen incidentalmente mechados en un océano que oscila entre ruidos confusos y silencios casi sepulcrales.

   Merece ser destacado el trabajo de producción artística y la elección de los sets y las locaciones, que como se pinta al comienzo, aparecen hábilmente articulados recreando la época. Las escenas en interiores y exteriores porteños, si bien los planos nunca son muy abiertos, no buscaron sortear la identificación de la historia con aquella Buenos Aires, sino que se atreven a mostrar esas noches y a sumergir al espectador en un relato construido fuertemente en torno a lo sensorial. Todo esto se complementa muy bien con la dimensión intimista de la lograda interpretación de Diego Velázquez en el rol principal, que construye un personaje de amplia dimensión psicológica a partir de diálogos escuetos y una gestualidad potente.

   El film ha sido reconocido a nivel local e internacional: fue la mejor película de la competencia nacional del último BAFICI y fue exhibido en competencia oficial “Un certain regard” en Cannes; amén de su paso por otros tantos festivales. Pero al margen de sus logros, este largometraje se nos propone como una experiencia, como un vertiginoso viaje como espectadores. Muchas narraciones presentan desenlaces abiertos, donde lo sutil de lo sugerido resulta siempre más elocuente que la verborragia de lo develado. Sucede a veces, que cuando los hechos históricos ya son por todos conocidos, lo que parece más trascendente es adentrarse en las historias mínimas de los personajes y sus trayectos recorridos.

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