Homeland (Iraq Year Zero) (Abbas Fahdel / 2015 / Francia-Iraq) Topografía del terror

Homeland (Iraq Year Zero) de Abbas Fahdel

   Y sé muy bien por qué adopté al cine:
para que a cambio me adoptara.
Para que me enseñara a tocar, incansablemente,
a qué distancia de mí empieza el otro.
Serge Daney

   Ya olvidamos hace rato la magnitud de la hazaña de esos primeros operadores que fueron a la caza de todo aquello que nunca había sido filmado. El cine, entre tantas otras cosas, expandió los límites de nuestro mundo como ningún otro arte lo había logrado antes. Desde que existe el cine, el mundo es más grande y más pequeño a la vez; ha pasado de ser un territorio inimaginable a ser un terreno cartografiado una y mil veces por todo tipo de imágenes en movimiento. ¿Existen todavía, en este planeta, sitios que no conozcamos?
Hay aquí otra posible pregunta: ¿cómo dibuja el cine sus mapas? Señalemos una vez más, aunque a estas alturas sea redundante, el poder del cine para configurar nuestros imaginarios. A fuerza de insistir, no sólo ha inventado universos nuevos sino que también ha determinado un modo de mostrar, de recorrer, de habitar determinados territorios. El cine, y luego, también, la televisión, han ido construyendo un atlas universal de lo que es y no es representable; han establecido un puñado de signos convencionales y rápidamente identificables para referir a aquellos lugares dignos de ser mostrados: lo que se muestra se muestra siempre así y no de otra manera.
Existen, por supuesto, excepciones. Pero paradójicamente, a medida que las posibilidades de registro y reproducción se expanden casi al infinito, el cine, ese que ocupa nueve de cada diez salas del mismo complejo, como mínimo, parece estar reduciendo cada vez más nuestro mundo. Hagamos un ejercicio de memoria: intentemos recordar la última vez que vimos una película sobre Iraq. ¿Cómo era Iraq? Ahora pensemos: ¿cuándo fue la última vez que vimos una película donde los iraquíes tuvieran una voz, y una voz que no fuera la de los asesinos o, peor, la de quienes merecen ser asesinados, o, como mucho, la de meras víctimas-objetos? La respuesta a nuestra primera pregunta, entonces, es: sí. Existen y probablemente siempre existirán territorios inexplorados, incluso en el más visto de los mundos, porque una nueva mirada es capaz de trazar un mapa nuevo en cualquier parte, tanto en aquellos lugares cartografiados hasta el cansancio como allí donde antes sólo había una mancha gris. Lo que hace que Homeland (Iraq Year Zero) sea profundamente política no es solamente su denuncia del horror injustificable de la guerra y sus consecuencias a una escala que pocas veces hemos visto, sino el hecho de construir prácticamente por primera vez una imagen de un paisaje (geográfico, urbano, y sobre todo humano) que hasta ahora -y no hace falta esforzarse mucho para entender por qué- nos había estado vedado.

Homeland (Iraq Year Zero) de Abbas Fahdel
   Homeland (Iraq Year Zero) es también, de algún modo, la historia de un viaje: el regreso a la patria de su director, Abbas Fahdel, en un momento de crisis: el año 2003, justo antes de la invasión norteamericana. Aunque Fahdel elija volverse casi invisible en la película, nada de ese mundo nos sería accesible sin su mediación: gracias a sus raíces afectivas pero sobre todo a su capacidad para construir cinematográficamente un alto grado de intimidad no somos simples turistas de paso sino compañeros de viaje e invitados de honor de su familia. La primera parte de Homeland (Iraq Year Zero) es no tanto  el preámbulo del horror como la revelación de un mundo que resulta ser menos exótico que cotidiano. A medida que transcurren los minutos y las escenas familiares se multiplican, comenzamos a volvernos parte de ese universo que hasta entonces nos era totalmente ajeno. Estrategia inversa a la épica patriótica: la guerra amenaza no sólo a los grandes héroes y los monumentos de piedra o de carne y hueso, sino también a lo más pequeño, pero no por eso menos importante: los ritmos cotidianos, las charlas, las comidas, los paseos, los juegos.
¿Cómo nos prepararíamos para una guerra? En eso aquí tampoco hay nada de épica: no hay mucho que una familia cualquiera pueda hacer, más que tratar de adivinar dónde caerán las bombas y pensar en alejarse por unos días. En Homeland (Iraq Year Zero) no hay, entonces, épica, pero sí hay historia: notamos todo el tiempo las cicatrices más o menos visibles de un país donde la guerra no se esconde en el pasado sino a la vuelta de la esquina del tiempo. En Iraq la guerra no es un hecho que recuerden sólo los ancianos: los niños se cuentan unos a otros cómo fue su última guerra, saben dónde esconderse si viene un bombardeo, saben cómo proteger las ventanas ante la inminencia de la batalla. Otra revelación: los niños no sólo tienen memoria y conciencia histórica sino también un pensamiento político, y son tan capaces de discutirlo como los adultos. O más, porque en un país silenciado parecen ser los que tienen menos miedo de abrir la boca.

Homeland (Iraq Year Zero) de Abbas Fahdel
Los niños son los protagonistas absolutos del film de Fahdel, y si hay una mirada que se distingue con fuerza es la suya. Indoblegables como nadie, felices y llenos de vida a pesar de todo, en ellos la película condensa su profundo humanismo. En particular en quien se va erigiendo como incuestionable protagonista: Haidar, sobrino de Fahdel, curioso e incisivo como pocos, anfitrión ideal y casi narrador delegado. Donde sea que vaya la cámara Haidar está, encabezando esta exploración de un territorio que debe ser registrado antes de que sea demasiado tarde.
Un territorio no es nada sin sus habitantes. Fahdel lo sabe bien, y su mirada, como haciendo espirales, se va abriendo de a poco, yendo y viniendo del espacio íntimo, resguardado, del hogar familiar a las calles de Bagdad e incluso más allá, tomándose su tiempo para filmar los rostros, tanto los que le son conocidos como los anónimos, pequeñísimo muestrario de la diversidad de ese país del que casi nada sabemos.
¿Y el fundamentalismo religioso? El mundo que retrata Fahdel, ya dijimos, no es el de nuestras fantasías occidentales: de las pocas costumbres vinculadas a lo religioso que vemos en pantalla, más allá del visible y por momentos no tan estricto uso del velo, la película destaca una escena en un día especial en que la familia cocina para todo el barrio, para los que, como ellos, tienen algo y también, sobre todo, para los que no tienen nada. Esa es la práctica religiosa más reveladora que podemos presenciar en Homeland (Iraq Year Zero); una que nos dice tanto sobre las infinitas formas en que es posible concebir el Islam como sobre nuestros propios prejuicios.

Homeland (Iraq Year Zero) de Abbas Fahdel
Sí, Homeland (Iraq Year Zero) dura casi seis horas. Y seis horas son mucho, muchísimo, en un contexto donde difícilmente soportamos más de 45 minutos frente a una pantalla. Pero esa duración que sorprende e intimida antes de empezar, hay que decirlo, pronto se revela coherente con ese habitar que la película propone. Y buena parte del efecto de familiaridad que provoca es claramente acumulativo, procede por capas que van sedimentando de a poco, construyendo en vivo una pequeña memoria. Así, al alcanzar el final de “Antes de la caída”, la primera parte, sentimos el dolor de las pérdidas que, sabemos, vendrán tras la elipsis que deja fuera de campo el momento de la invasión, porque todo ese universo en extinción ya es un poco nuestro, también.
Sorprendentemente, aunque estemos mirando materiales registrados hace trece años -y lo sabemos-, el transcurrir de la película hace palpable la experiencia de un presente cinematográfico. Pero lo que estamos viendo ya es pasado: el cine despliega aquí todas sus ilusiones frankensteinianas. En lo que a esto respecta, Fahdel toma una decisión clave en la administración del saber: desliza un puñado de anticipaciones sobrias que provocan un efecto narrativo máximo, y que constituyen un buen ejemplo para pensar una posible ética del documental.
Ese gesto nos posiciona delante de los personajes: a partir del momento en que conocemos sus destinos (y éstos se nos informan muy pronto), aunque no sepamos exactamente cómo o cuándo o si vamos a ser testigos de su suerte, ya no sólo los acompañamos sino que vamos un paso más allá. Porque ellos también saben que la guerra va a estallar; lo que no saben es cuáles serán las consecuencias. Pero además, este manejo de la información profundiza la dimensión trágica de los eventos que estamos presenciando; no en términos históricos (no hay aquí ningún determinismo sino un complejo entramado de causas que apenas llegan a vislumbrarse) sino narrativos: para algunos de ellos, tristemente, esta historia ya está terminada; sólo nos resta ver cómo se desencadena el desenlace.

Homeland (Iraq Year Zero) de Abbas Fahdel
La segunda parte, “Después de la batalla”, parece llevar a cabo un movimiento que espeja la primera: más abierta en principio, más callejera, recorre las ruinas de una sociedad que soporta y se enfrenta a una invasión y da cuenta de lo que se está perdiendo en el camino. Esta segunda parte se aleja un poco de la home movie para acercarse a un cine de reportaje, de denuncia. Todo lo que se intuía detrás de los silencios aquí se explicita, se discute, se grita: lejos de ser un todo monolítico, Iraq se revela como un territorio al borde del estallido, y no sólo por las bombas que vuelan sobre las cabezas de sus habitantes. En su recorrido por las calles de Bagdad, Fahdel va encontrando con su cámara una necesidad constante de brindar testimonio, de mostrar, de decir, de dar cuenta del peso de un sufrimiento que lleva décadas y que no parece que vaya a pasar pronto. Y esas derivas, que en la primera parte se parecían más a un viaje, aquí se vuelven desesperadas y terroríficas: la Bagdad post-invasión es una ciudad en la que todo lazo social parece haberse desintegrado, algo peor que una selva, un mundo sin piedad y sin ley.
¿Y dónde están los invasores? Transitando esas mismas calles, mucho más calmos y más sonrientes que los iraquíes, sacándose fotos con los niños, montados en tanques custodiando las puertas de los museos en ruinas, y también, aunque no lo veamos, disparando a quienes resultan “sospechosos”, bombardeando blancos civiles, y una serie de infinitos etcéteras. Homeland (Iraq Year Zero) no es exactamente el contraplano de los Eastwood del mundo -no hay aquí, por ejemplo, nada que se acerque ni remotamente a la última, vergonzosa secuencia de Francotirador (Clint Eastwood, 2014)-; su posición sobre la guerra es clara, pero su visión del mundo es mucho menos maniquea.
Pero aunque en esta segunda parte el mundo retratado se expanda, lo íntimo, lo político y lo social son en esta película indisociables como en pocas, y de a poco el relato comenzará a cerrarse y entenderemos, si no lo habíamos hecho antes, cómo en la historia de un país lo grande y lo pequeño están indisolublemente ligados.

Homeland (Iraq Year Zero) de Abbas Fahdel
El último tramo de la película es particularmente angustiante porque esa información que desearíamos no tener va pesando cada vez más y nos vuelve cada vez más conscientes de la dimensión que cobra la muerte en una guerra; de cómo la vida deja de tener, si es que alguna vez lo tuvo, un valor y un sentido para transformarse en algo que probablemente vaya a desaparecer porque sí de un momento a otro. En la guerra, muy pronto lo sabremos, los desenlaces nunca pueden estar justificados y siempre son absurdos.
En Homeland (Iraq Year Zero), entonces, no hay ni puede haber ningún efecto catártico, ninguna coda, ningún saldo. El final de la película es violento, como siempre supimos que iba a ser; también narrativamente violento porque no puede ser de otra manera. Las secuencia final de Homeland (Iraq Year Zero) nos deja desamparados ante la pantalla en blanco porque hasta ahí llega el cine: no puede (no debe) reconfortarnos ante el horror; esta vez no somos nosotros, los que estamos ahí sentados, los que importamos. Aunque después seamos nosotros los que debamos hacer algo con todo eso que acabamos de ver -y hacer algo no sólo en el cine, porque antes que el cine, nunca hay que olvidarlo, está la vida-. Hacer algo para cambiar algo, aunque más no sea en el plano simbólico, en nuestra imagen del mundo, que a partir de entonces -esperamos, queremos creer; se lo debemos a Haidar- será un poco más grande y un poco más complejo. Dejarnos transformar para siempre: es lo que pasa cuando, por una vez, nos animamos a borronear los viejos límites mal trazados al hacer esa inevitable, peligrosa pregunta: quiénes somos nosotros y quiénes son los otros.

Homeland (Iraq Year Zero) de Abbas Fahdel

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