El viento se levanta (Hayao Miyazaki / 2013 / Japón)

El viento se levanta

Por Pablo Zadunaisky

En 1939, con Mussolini en el poder y la Segunda Guerra Mundial a punto de estallar, el matemático Beppo Levi hizo sus valijas y se fue de Italia. Levi es un matemático famoso por partida doble. Por un lado, ostenta el título de Último Gran Geómetra Clásico Italiano. Los geómetras clásicos italianos son los precursores de los grandes descubrimientos de la geometría algebraica moderna; cualquier libro del tema editado en los últimos cincuenta años, los menciona como fuente de inspiración (aunque muy pocos explican realmente qué hicieron; a veces, uno tiene la impresión de que simplemente están ahí para darle al Gran Relato de la Geometría Algebraica Moderna el origen místico que se merece todo Gran Relato). Eran maestros de la intuición visual, superpoder si los hay, y, al mismo tiempo, estaban obsesionados por el rigor formal. Esa dualidad terminó por liquidarlos: sus métodos eran muy avanzados para el lenguaje matemático de su época y su escuela se disolvió por no poder expresar sus ideas con la claridad que ellos mismo exigían (y por el fascismo, el otro ingrediente de todo gran relato del siglo XX). Uno de los grandes avances de la matemática de 1950 en adelante fue la creación de un lenguaje en el cual formular con rigor las ideas de los maestros italianos. El otro motivo por el que Beppo Levi era famoso es porque era enano y cabezón, así que ostentaba un segundo título, el del matemático más petiso del mundo.
El caso es que en 1939, Levi hizo las maletas y se vino a este lugar incongruente llamado la Argentina, el paraíso para huir del fascismo. Se vino con su mujer, su hija y sus libros a dar clases a la Universidad de Rosario, que envió a dos estudiantes de Ingieniería Civil a buscarlo a la estación de tren (en esas épocas Rosario no tenía ni estudiantes de matemáticas ni aeropuertos y, tanto la aviación como las matemáticas puras, eran cosa de aficionados). Ahí fundó un instituto de investigaciones matemáticas que hoy lleva su nombre, creó la primera revista matemática ciento por ciento made in Argentina y formó a la primera generación de matemáticos científicos del país, entre ellos mi abuelo.
Fiel a la dualidad de los geómetras italianos y a su falta de talento para escapar del fascismo, Beppo Levi huyó al mismo tiempo al Japón, justo a tiempo para participar de la última película de Hayao Miyazaki, El viento se levanta. Aparece a la mitad de la película, disfrazado de ingeniero aeronáutico, pero es imposible no reconocerlo: la cabeza enorme y el cuerpo diminuto que lo hicieron acreedor a su segundo título son inconfundibles. Con sus ojitos diminutos, su humor de mecha corta y ese amor duro para sus subordinados, de alguna manera incomprensible, quizás reservada a los Geómetras Clásicos Italianos, Levi se coló en esta película para hacer de mentor de otro héroe/ingeniero, el personaje principal de la historia, Jirô Horikoshi.
No es el único italiano que se coló en esta película. El héroe de Jirô es el aviador italiano Giovanni Battista Caproni, que se le aparece en sueños para recordarle que los aviones, como las matemáticas, hacen mejor al mundo por ser bellos, más allá de que puedan ser usadas para cosas horribles. El nombre de la película viene de un poema de Paul Valery: “Le vent se lève, il faut tenter de vivre” [1]. Más allá de las cosas horribles, terremotos, guerras, muertes, Jirô tente de vivre a fuerza del deseo de hacer cosas hermosas.
Jirô se obsesiona con la curva dibujada por el hueso de una caballa, una curva que Beppo Levi hubiera descrito en el lenguaje perdido de los sabios de tiempos antiguos. Si la matemática tratara de objetos y no de una forma de estudiar los objetos, diría que Miyazaki es un geómetra, porque él también se ocupa de las posibilidades de las figuras, de cómo se estiran y se deforman. Pero su lenguaje es otro, menos indolente y más inmediato, igual de visual que el de Levi, pero su rigor no es el rigor formal que los italianos nunca encontraron. Una de las cosas más fascinantes de esta película, como de otras de Miyazaki, es el hecho de que las cosas son todo lo terribles que deben ser, quizás hasta menos, pero ni un poquito más. En medio del Gran Terremoto de 1923 en Japón, Jirô abandona a una persona herida para ir a buscar ayuda al otro lado de la ciudad en ruinas. Normalmente, la persona habría desaparecido para cuando la ayuda llega… pero, en el mundo de Miyazaki, la gente vuelve a encontrarse. Caminar por el techo no es fácil, pero nadie se cae por hacerlo. Con la seguridad y el rigor de quien sabe lo terribles que pueden ser los terremotos y las guerras, Miyazaki cuenta una historia sin que nadie se pierda ni se caiga. No son los accidentes los que dictan el ritmo de la vida de los personajes.
Y es que esta no es una historia de gente perdida: Jirô cumple su sueño de diseñar aviones hermosos. Sus amigos lo envidian, pero nadie tiene tiempo para traicionar a nadie, hay cosas más importantes en la vida. Beppo Levi lo trata con su amor duro, pero amor al fin; su amigo imaginario italiano lo acompaña hasta el final de su historia; y, por supuesto, consigue a la chica que atrapó su sombrero en el viento. La realidad es tanto más terrible porque puede a veces ser tan hermosa. Ni uno de los aviones diseñados por Jirö volvieron de la guerra y el dolor es más profundo; es más facil intentar seguir viviendo como nos proponen una y otra vez, justamente porque eran hermosos. No necesitamos verlos caer: alcanza con verlos caídos para sentir esa infinita tristeza y para seguir viviendo.
Según nos explica el otro italiano, el ingeniero Caproni, la vida creativa de los genios dura diez años. No creo que Miyazaki suscriba a esta teoría, él lleva casi veinte años sirviendo como contraejemplo. Por otro lado, dado que Levi se dio el gusto de morirse de viejo, mucho después del final del fascismo, y de volver varias veces a Italia a ser condecorado, supongo que él tampoco estaría de acuerdo. Ellos también intentaron vivir a fuerza de hacer cosas hermosas.
Quizás la imagen mental que tiene la mayoría sobre la geometría es un discurso interminable sobre ángulos y líneas y puntos y rectas. La geometría de Levi, la de los geómetras modernos, habla curvas que cambian el tiempo, que se cruzan entre sí de formas transversales o tangentes, que se proyectan unas sobre otras y siguen caminos regulares o singulares y otras palabras bonitas. No creo que Levi se opusiera al rigor alternativo que presenta Miyazaki, él era muy consciente de la importancia de hablar muchos idiomas: en su tiempo libre, además de colarse en películas del futuro, el matemático más petiso del mundo y último heredero de la tradición italiana inventaba canciones en cocolicce para que su hija aprendiera a contar en español:

La gallina estaba chioccia
Un huevo, un pollito, otro huevo, dos pollitos…

Notas

[1] “El viento se levanta, debemos tratar de vivir” (N. Ed.)

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