El niño y la bestia (Mamoru Hosoda / 2015 / Japón) De hombres y bestias

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   Que una película como El niño y la bestia (2015) -última película de Mamoru Hosoda, director, entre otras, de The Girl Who Leapt Through Time (2006) y la bellísima Wolf Children (2012)- llegue a las salas comerciales es uno de los milagros cinematográficos que, de vez en cuando, acontecen en Buenos Aires. La trama es simple (al menos en un principio): Ren es un niño lleno de frustraciones. Su madre ha muerto, su padre está quién sabe dónde; lleno de odio, huye de sus parientes por las calles de Tokio hasta que se encuentra con Kumatetsu, un misterioso hombre-bestia. Kumatetsu es uno de los luchadores que se disputan el cargo de Señor de Jutengai, un reino de seres maravillosos escondido del otro lado de los intrincados callejones de la ciudad; a la vuelta de la esquina, para quien sepa buscarlo. En su desesperada huida, Ren se transforma en el improbable discípulo (y, como todo discípulo, también en un maestro) de Kumatetsu y, sin querer, encuentra en él a ese padre que el mundo humano no supo darle. Este es tan solo el punto de partida de una historia que se irá complicando, mezclando géneros y tonos, pero sin perder nunca el eje ni la fuerza.

The boy and the beast

   No hay nada obvio en la forma en que Hosoda retrata la relación alumno-maestro: Kumatetsu no tiene ninguna intención de enseñarle nada a nadie, y Ren dista bastante de ser un pobre huérfano buscando conmover a un corazón de piedra; así, buena parte de la película construye, con humor, un vínculo que crece a pesar de ellos mismos, a base de peleas, puteadas, desencuentros y una admiración mutua y, la mayor parte del tiempo, secreta. Pero El niño y la bestia no es sólo una comedia; es también una historia de iniciación, una coming of age dolorosa, como todas: otra película se abre cuando un Ren ya adolescente se pone en camino para buscar su propio lugar en el mundo y reencontrarse con su identidad humana. Y otra más cuando descubre que parte de esa búsqueda tiene que ver con lidiar con el odio y el resentimiento, propio y ajeno (y tal vez, de paso, salvar el mundo).

   Las técnicas de animación de Hosoda -así como sus historias- saben conjugar lo cotidiano, lo fantástico y lo épico: la película va y viene entre las maravillas de Jutengai y el realismo milimétrico con el que delinea las calles de Shibuya. Y cuando esos dos mundos chocan, finalmente, la película despliega sus mayores impactos; una potencia visual reservada para acompañar el crecimiento dramático de los personajes y sus conflictos.

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   El niño y la bestia funciona como complemento perfecto de Wolf Children; vistas en conjunto, acaso sean dos de las fábulas más conmovedoras sobre el amor entre padres e hijos que hayamos visto en mucho tiempo. Si Wolf Children cuenta la historia del amor de una madre por sus niños, y entiende que parte central de este vínculo es aprender a dejarlos ir, El niño y la bestia nos dice que convertirse en padre y en hijo es también un encuentro, un aprendizaje, una relación que debe construirse y que puede adoptar las formas menos pensadas -a veces hilarantes, a veces tristes-; una marca que se lleva clavada como una espada; un arma a la que nos aferramos para no caer en la oscuridad.

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