El bar (Álex de la Iglesia / 2017 / España-Argentina) Fieles a un estilo

El bar

Por Martín Badell

Cuando el nombre de Alex de la Iglesia comienza a escucharse próximo a la cartelera cinematográfica los ánimos cinéfilos empiezan a alborotarse. Es que el cine de este vasco ha sabido erguirse como uno de los pivotes más altos de la comedia negra contemporánea de habla hispana, con personajes, secuencias y chacotas que ya son de culto. El día de la bestia (1995), Muertos de risa (1999), La comunidad (2000), Crimen ferpecto (2004), y la lista sigue con trabajos que muestran que el cineasta impuso su genialidad en diversos proyectos. Ahora bien, si hablamos de El bar (2017), último largo que estrena en estos días, bueno: quizás no estemos frente a su obra más innovadora.

Plagado de un costumbrismo castizo llevado casi hasta la parodia, el relato narra el sombrío transcurrir de una mañana cualquiera madrileña, cuando un grupo de personajes casi caricaturescos se hallan encerrados en un barsucho, con un muerto adentro y las veredas súbitamente inhóspitas. En el minuto quinto el numerito ya se nos ha montado, mientras el stress y las incógnitas se disparan, y las posibilidades de supervivencia del grupito son cada vez más esquivas. Paso a paso, cada personaje irá mostrando su hilacha, entre bizarreadas, miserias y mezquindades, y cuánto estén dispuestos a hacer por salir es lo que motorizará esta historia. Hasta aquí, el ingenio y las gracias del cineasta se mantienen bien arriba, robándonos algunas carcajadas, dentro de aquel clima espeso, sucio y lleno de suspicacias.

Algunos de sus actores, la situación de encierro, y el tortuoso y asqueroso camino hacia la libertad nos remiten directamente a La comunidad. También se repiten las alusiones a temas apocalípticos, violentos y a cuestiones religiosas, de un catolicismo siempre exagerado. La elección del elenco coral es un punto fuerte en el cine de Alex de la Iglesia. El director sabe aprovechar bien la expresividad límite de sus actores. No sólo Terelé Pavez o Secun de la Rosa, sus actores fetiche, sino Carmen Machi y la bella Blanca Suárez – incluido el bien porteño de Alejandro Awada, caracterizado como Sergio, un depravado comerciante madrileño-; todos cumplen con dar vida a esta paleta de personalidades estrafalarias.

La trama avanza, pero el humor y la intriga, si bien no ceden del todo, no acompañan al mismo ritmo. Las idas y vueltas en la historia aunque se sirven de la variedad de planos – esos clásicos primeros planos del cineasta vasco tan graciosos- y la irreverentemente jocosa banda sonora, no terminan por acrecentar la tensión, y recaen en algunas situaciones previsibles o un tanto rebuscadas. Quizás la comparación con sus trabajos anteriores hace que este largometraje se ubique un poco por debajo de las expectativas. Aun así, bien vale ir a ver El bar, ya que se trata de una comedia divertida e ingeniosa (sobre todo en sus primeros 20 minutos), en los que la marca de su director resulta imborrable. Imborrable y también cómica.

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