Chats perchés: La sonrisa del gato Asociaciones libres sobre el cine de Chris Marker

chatintro

Por Griselda Soriano

Corre el año 2001. En Nueva York, el ataque a las Torres Gemelas da un vuelco irremediable a la política internacional Poco después, una ola de gatos panzones y sonrientes inunda los techos y las paredes de París. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? La respuesta, en Chats perchés (Chris Marker, 2004).
En Chats perchés, Chris Marker, viajero incansable, gira su cámara para mirar su propio mundo con los mismos ojos con que recorrió Siberia, África o Japón. Marker es todo un antropólogo cinematográfico, en el sentido más estricto del término: un estudioso del ser humano, y de las formas en que éste logra simbolizarse.
Nuestro esbozo de sinopsis no es una metáfora: en efecto, en el 2001 empezaron a aparecer unos misteriosos gatitos pintados por todo París; gatitos anónimos, amarillos, y dueños de una sonrisa gigante, con el único apelativo de M. Chat. Marker sale de safari con su cámara de video y sigue la pista de los felinos, como en el más feliz de los policiales. Una serie de intertítulos puntúa y pinta una narración en la que el montaje es la estrella, yendo y viniendo entre el misterio, el humor y –cómo no- la reflexión político-social.

Bien conocido es el amor de Marker por los gatos; acá desfilan por la pantalla no sólo M. Chat, sino también los gatos egipcios del Louvre (lo primero que se robaría Marker si pudiera saquear el museo más emblemático del mundo, como hicieron los estadounidenses en Irak), un simpático felino de carne y hueso bautizado Bolero que vive en las escaleras del subte, el Gatobús de Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988) –Marker festejando a Miyazaki: tiene sentido- y esa referencia ineludible de sonrisa eterna: el gato de Cheshire.

totoro

Como decíamos, el amor de Marker por los gatos es de larga data. En Sans soleil (1983), su obra más citada junto a esa rara avis en su filmografía que es La jetée (1962) -tan coherente, sin embargo, en relación al resto-, Marker visita un santuario de maneki neko, el gato de la suerte, ese que siempre nos está llamando, invitándonos a entrar.

“Me escribió que en los suburbios de Tokio hay un templo consagrado a los gatos. Desearía poder transmitirte la simplicidad, la falta de afectación de esta pareja que había venido al cementerio de los gatos a colocar una placa de madera inscrita para que su gata Tora esté protegida. No, no había muerto, sólo se había escapado. Pero el día que muriese nadie sabría cómo rezar por ella, cómo interceder con la Muerte para que la llamase por su nombre verdadero. Así que tuvieron que venir aquí, los dos, bajo la lluvia, para levar a cabo el ritual que cosería el tejido del tiempo por donde se había roto”. (Sans soleil, Chris Marker, 1983)

Sans soleil

El tejido del tiempo es acaso aquello que las películas de Marker intentan recomponer una y otra vez. Mediante el montaje -procedimiento cinematográfico por excelencia, central, indispensable, en las artes de la modernidad, del siglo XX (y Marker es, aún con la mirada puesta siempre a la vez en el pasado y en el futuro, hijo del siglo que acaba de pasar)-. Mediante la voz, capaz de reforzar esas relaciones entre planos –no sólo cinematográficos; también de la existencia-. Y mediante la imagen, claro, vehículo predilecto para el viaje a través del espacio y el tiempo, que en su cine parecen quedar hermanados en su condición de dimensiones que se pueden –y se deben- visitiar.
Su única película de pura ficción es una clara concreción de esa idea. La jetée remonta a contracorriente el río de la ilusión del movimiento que tanto le costó conseguir al cine para volver –salvo por el único y bellísimo plano de, no casualmente, un parpadeo- a la imagen fija, pero sumándole el aporte de otros elementos propiamente cinematográficos que hacen que sea mucho más que una sucesión de fotografías: para empezar, la duración, pero también esa otra mitad del cine tantas veces olvidada: el sonido y la voz.
La jeteé parte de uno de los tópicos básicos de la ciencia ficción, el viaje en el tiempo, para construir una reflexión que toca a la vez muy de cerca a la fotografía y por supuesto también al cine: el recuerdo como vehículo del viaje al pasado (y, por qué no, al futuro) y la imagen como punto disparador del recuerdo; la fuerza de la imagen para capturar un instante que no sólo permite volver atrás sino que de alguna manera burla la linealidad y el paso inexorable del tiempo, revelando ese futuro que se escondía en el pasado. Situada en un mundo distópico post-Tercera Guerra Mundial, esta historia de un hombre que atesora en su recuerdo la imagen de un futuro que todavía no comprende parece querer decirnos que sólo la memoria nos salvará de la destrucción. Una idea de la que Marker sigue buscando convencernos, película tras película.
Estas son las grandes obsesiones –más bien la gran obsesión- que atraviesan su cine: la relación entre memoria, tiempo e imagen. De hecho, los títulos y los textos contenidos en sus películas podrían ser, muchas veces, intercambiables. La jetée, por ejemplo, bien podría haberse llamado “Recuerdos de un porvenir”, como uno de sus últimos films.

La jetée

Le souvenir d’un avenir (Yannick Bellon, Chris Marker, 2003) parte del rico material de archivo de Denise Bellon, una fotógrafa que parece haber tenido el don de estar en todas partes y en el momento correcto. Bellon tuvo el suficiente ojo crítico y fotográfico como para retratar los acontecimientos y transformaciones acontecidos a lo largo del siglo XX desde el momento de su gestación hasta su desencadenamiento, y si esto suena amplio es porque amplio es el espectro que abarcan sus imágenes. El arte, la historia, la política, la sociedad: nada era le era indiferente.
Esos instantes congelados son retomados y reordenados por Chris Marker y Yannick Bellon –hija de Denise-, y puestos a dialogar desde la mirada del presente; una mirada que descubre que en ellos ya se podía adivinar una historia. Mediante el montaje de las imágenes fijas y la voz over –los mismos recursos de La jeteé, y, a la vez, tan distintos- Marker y Bellon construyen una historia que es la historia del siglo que se fue, la historia de una fotógrafa a través de sus imágenes, y una historia de la fotografía a través de la fotografía.
Le souvenir d’un avenir lleva al terreno de la historia aquello que en La jeteé era un planteo filosófico-existencial: no hay imagen del pasado que no encierre en sí misma un futuro.

Le souvenir d'un avenir

Pero volvamos a los gatos. Y recordemos: su monumental memoria de los movimientos de izquierda, sus luchas y contradicciones durante los ’60-’70, El fondo del aire es rojo (1977), recibió también el nombre de A grin without a cat –una sonrisa sin gato-. Chats perchés es también la historia de cómo el gato se esfuerza por recuperar su sonrisa. Aquí -como en El fondo…, como en toda la obra de Marker, en mayor o menor medida, de una u otra manera- la política está en el centro de la escena. Pero no una política con mayúsculas; así como tampoco es la Historia lo que se aborda en sus películas. La cámara de Marker siempre prefiere el detalle, lo material, lo concreto.
La historia del misterio de los gatos sonrientes es también la historia sociopolítica de París –y de París al mundo, se sabe, hay un solo paso-, y de los vaivenes atravesados desde el fatídico 9-11. Banderas, manifestaciones, afiches, huelgas, campañas electorales: nada escapa al ojo voraz de Marker, siempre a la distancia justa, pero a la vez siempre inmerso.
¿Y qué tienen que ver los gatos con todo esto? En el arco que va de la aparición al peligro de extinción de los gatitos amarillos, Marker traza la parábola de la politización-despolitización de los parisinos, atrapados entre la tradición desencantada de una política de izquierda y el renacer de la extrema derecha.

-Minino de Cheshire -empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le gustaría este tratamiento; pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió que sí le gustaba-. Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
-Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar -dijo el Gato.
-No me importa mucho el sitio… -dijo Alicia.
-Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes -dijo el Gato.
-…siempre que llegue a alguna parte -añadió Alicia como explicación.
-¡Oh, siempre llegarás a alguna parte -aseguró el Gato-, si caminas lo suficiente! (Carroll, 2011: 81-82)

agrinwithoutacat

Nada de esto, sin embargo, está revestido de la seriedad que uno habría de esperar. Al fin y al cabo, el protagonista de Chats perchés tiene una de las sonrisas más contagiosas de la historia del cine. Acaso pueda, entonces, devenir en símbolo del propio Marker (aunque éste tiene su propio gato, Guillaume-en-Egypt para representarlo; M. Chat vendría a ser su gato adoptivo); porque uno de los rasgos más sobresalientes del su cine –pero ¿cómo elegir?- es su alegre liviandad. Liviandad en el mejor sentido del término. Marker excava en el mundo y el pensamiento, pero siempre emerge de las profundidades con una sonrisa. Nunca solemne, nunca ostentoso, nunca soberbio, el cine de Marker es un cine feliz, como los gatos.
Al contrario de lo que sucede con otros cineastas-intelectuales, sus películas albergan grandes momentos de humor. Un humor ingenioso, pero directo, sencillo: tan sencillo como anticipar la aparición de “un hombre que se convierte en paloma” con un intertítulo para luego seguir a un señor por los pasillos del métro parisino hasta que sale de cuadro y ¡voilà! La magia del montaje. De eso sí que sabía mucho Marker.

guillaume

En Chats perchés la voz de Marker –o esas voces delegadas en las que muchas veces encarnaba- permanece en silencio. Pero sólo su voz “física”. Su subjetividad, sin ostentarse en primer plano, se cuela a través de toda la película. Su voz está en todas partes: en los intertítulos de manera directa, pero también en las elecciones de planos y en su concatenación. Marker es, también, un cineasta del montaje, que muchas veces parece trabajar con su propio material como si de found footage se tratara. Es un autor con todas las letras; la concreción de aquella idea de la caméra stylo que postulaba Alexandre Astruc:

“Después de haber sido sucesivamente una atracción de feria, una diversión parecida al teatro de boulevard, o un medio de conservar las imágenes de la época, [el cine] se convierte poco a poco en una lengua. Un lenguaje, es decir, una forma en la cual y mediante la cual un artista puede expresar su pensamiento, por muy abstracto que sea, o traducir sus obsesiones exactamente igual como ocurre actualmente con el ensayo o con la novela.
Por ello llamo a esta nueva era del cine la era de la caméra stylo. Esta imagen tiene un sentido muy preciso. Quiere decir que el cine se apartará poco a poco de la tiranía de lo visual, de la imagen por la imagen, de la anécdota inmediata, de lo concreto, para convertirse en un medio de escritura tan flexible y tan sutil como el del lenguaje escrito. Este arte dotado de todas las posibilidades, pero prisionero de todos los prejuicios, no seguirá cavando eternamente la pequeña parcela del realismo y de lo fantástico social que le ha sido concedida en las fronteras de la novela popular, cuando no le convierte en el campo personal de los fotógrafos. Ningún terreno debe quedarle vedado. La meditación más estricta, una perspectiva sobre la producción humana, la psicología, la metafísica, las ideas, las pasiones son las cosas que le incumben exactamente. Más aún, afirmamos que estas ideas y estas visiones del mundo son de tal suerte que en la actualidad sólo el cine puede describirlas. Maurice Nadeau decía en un artículo de Combat: “Si Descartes viviera hoy escribiría novela”. Que me disculpe Nadeau, pero en la actualidad Descartes se encerraría en su habitación con una cámara de 16mm y película y escribiría el discurso del método sobre la película, pues su Discurso del método sería actualmente de tal índole que sólo el cine podría expresarlo de manera conveniente”. (Astruc: 1989).

El cine de Marker es un cine del pensamiento. Pero en él el pensamiento no se impone sobre la imagen y el sonido desde el exterior, sino que nace de ellos. No en vano quedó ligado para siemrpe al concepto (a falta de uno mejor) de cine-ensayo [1]. Como ocurre con el ensayo literario, aquí también se desdibujan las fronteras: estamos ante un cine de imposible clasificación, que no postula la verdad objetiva del mundo sino el fluir de la conciencia de un sujeto sobre aquello que lo rodea y sobre sí mismo, que al fin y al cabo podría ser lo mismo, porque el afuera y el adentro se vuelven indiferenciables. Todo esto sin abandonar la poesía. El cine-ensayo hace nacer de sus entrañas una verdad que tal vez esté en el mundo, sí, pero que no podemos ver de ninguna otra manera si el arte no nos la muestra.

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Sí: en Chats perchés, Marker puede mirar con preocupación, con recelo e ironía, el rebrote de la derecha. Pero no es un misántropo, ni un posmoderno distanciado. “Éramos los gatos de la libertad. Si no pueden entendernos, arréglenselas solos” nos amenazan los felinos. Por un momento tememos la zozobra. Pero la sonrisa de los gatos no nos abandona. En la reaparición sonriente de M. Chat hay un mensaje de esperanza para el mundo. Y en su obra toda, un buen augurio para el cine.
Tal vez -ojalá-, como no dejó de plantear una y otra vez en sus películas, también en su caso las imágenes encierren un futuro. Tal vez ese camino tan personal que emprendió -y por eso tan difícil de continuar sin que sea una copia o un homenaje- esté también prefigurando un cine en el que, como en la historia, como en el mundo, pasado y futuro no sean más que uno, tendiéndose la mano para su salvación. Parafraseamos su alabanza a los gatos panzones:

Gracias, Chris. Te necesitaremos, dondequiera que vayamos.

Notas

[1] Ver Bazin, André, “Lettre de Sibérie” en AA.VV, (2000), Chris Marker: retorno a la inmemoria del cineasta, Valencia: Ediciones de la Mirada.

Bibliografía

AA.VV.
2000 Chris Marker: retorno a la inmemoria del cineasta, Valencia: Ediciones de la Mirada.

Astruc, Alexander
1989 “Nacimiento de una nueva vanguardia: La caméra stylo“, en Textos y Manifiestos del cine, Romaguera I Ramió, Joaquin y Homero Alsina Thevenet (Ed.), Madrid: Cátedra.

Carrol, Lewis.
2011 Alicia en el País de las Maravillas. Buenos Aires: Salim.

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