Fragmento, mito y actualización. En torno a Siegfried Kracauer. La fotografía y otros ensayos


Por Sebastián Russo

    El director de la serie Teoría Social de la editorial Gedisa (en la cual, junto a textos de y sobre Georg Simmel, Max Weber y los primeros debates que daría un jovencísimo Karl Marx, se encuentran estos textos de Siegfried Kracauer) es Esteban Vernik, un escudriñador de discursos modernos. De discursos sobre/desde la modernidad. De discursos que entiende latentes, hoy, en eso que nos es dado a llamar (y nos resistimos, como podemos, aunque siempre es poca y apesadumbrada la resistencia) posmodernidad.
   Es en esta clave (de continuidad entre, digámoslo rápido, la modernidad y la posmodernidad) que se nos presente como lectura este libro. Una clave de lectura que no es sino tensión, potencia. Una tensión que retorna, o mejor, nunca se fue (por más exuberantes y triunfantes discursos finalistas que nos fueron dados a creer), o también, puede (debe) leerse como síntoma: trágico síntoma de un tensión no menos trágica, insoluble, que intenta ser opacada (fatalmente) por dicho triunfalismo homogeneizante, alisador quimérico de asperezas (por no decir, luchas sociales)
    Pero esta clave de lectura, la de una continuidad tensional, se forja en una otra (anterior) tensión: la que se da entre un mundo tradicional (ubiquémonos en los albores del siglo XX) que mostraba claros signos de un irreparable resquebrajamiento, y otro que irremediablemente irrumpía, maquínico, tecnológico, racionalizador. Es desde allí desde donde escribe Siegfried Kracauer (y claro, Simmel, Weber…) Una clave de lectura que, de nuevo, debe pensarse (y he ahí la potencialidad de la propuesta del oficio escudriñador de Vernik) como prisma iluminador de nuestra contemporaneidad, de sus contradicciones, del intento obsecado (de consecuencias eminentemente políticas) por opacar tales contradicciones con metáforas transparentistas, adormecedoras.
    El texto, Kracauer, Vernik, en definitiva, nos permiten pensar todo lo de exceso, lo de sobredeterminación que tiene nuestra época, a través de una tensión que no es estrictamente la nuestra (aunque las sociedades tradicionales no dejen de asediar, añorosa, moralmente nuestros días, días estos -los nuestros- de incertezas sistemáticas, de volatilidades festejadas, de futuro compulsivo)
    Y es desde estas quimeras contemporáneas desde donde Kracauer construye su discurso. Quimeras que, como es conocido, ya en su último tramo de vida, y en los Estados Unidos, le ocuparán su mayor atención, y lo convertirán en referencia en el mundo de los estudios de las artes. Me refiero a dos de sus últimos libros (De Caligari a Hitler y Teoría del cine) Pero no es sobre este Kracauer, lo que se encontrará en este libro. Sino sobre la base teórico social (crítica) que permitió esos mismos últimos y afamados textos.
    Y es allí donde la figura de Kracauer, inesperadamente, gracias a la mencionada labor escudriñadora, aparece con una singularidad, una actualidad, y una propuesta premonitoria, insospechada para quienes lo tenían (teníamos) estrictamente asociado a sus estudios de cine.
    Y es que el cine, así como la fotografía, u otras de las “superficies” visibles, consumibles, masivas, y “opacas”, son entendidos por Kracauer como síntomas de una cultura, que junto al retumbar y chirriar fabril, consituyen “la percusión del capitalismo”. Síntomas trágicos de un cambio epocal, donde la objetualización avanza sobre los sujetos, donde la racionalidad arrastra hacia el vacío a los mitos fundantes, donde el espectáculo domina desde su “ser en sí”.      
   Es allí donde su pensamiento no solo evidencia el carácter de sobremodernidad en la que vivimos, sino que se acerca, convive, con la cosificación de Georg Simmel, el desencantamiento del mundo de Max Weber, y sorprendentemente prologa las tesis que en decenas de años más escribirán Adorno y Horkheimer sobre la relación entre cultura e industria. Kracauer, así, formando parte de una tradición, la primera oleada del pensamiento critico-pesimista, en los albores del siglo, prefigurando la segunda, adorniana-marcusiana, con Walter Benjamin como hermano de díscola afirmación a través de su vitalismo alegórico.


Kracauer en (y) la Argentina


    El prólogo está a cargo de Christian Ferrer. Autor que también prologa, entre muchas otras obras que lo tienen como riguroso y lúcido anfitrión, una versión de La cabeza de Goliat, de ese inescapable prisma de las letras y el pensamiento argentino como es Ezequiel Martínez Estrada. Y no es casualidad.
  Tal vinculación (entre Estrada y Kracauer) evidencia un cercano aparato crítico fenomenológico: el que encuentra en el fragor de la palabra/la mirada indagadora, ubicua, no neutra, el modo no solo radiográfico, microscópico de examinación de la realidad, sino político, antagónico, de intervención contra los avances del tecnologismo liberal.
    Así, como la lectura actual de Kracauer nos otorga claves para pensar la tensión en la cual se funda este estado de cosas contemporáneo pretendidamente armonioso y triunfal, la recuperación por analogía de la voz de la tradición crítico-ensayística argentina, como es la de Ezequiel Martínez Estrada, nos devuelve armas retórico-políticas para sobrevivir en el actual alisamiento tecnocrático de los debates públicos. Herramientas discursivas que pretendan no solo interpretar sino transformar aquello dado como lo real.
    Y no sólo una operatoria crítica que indaga por los fragmentos en tanto síntomas epocales, une a Martínez Estrada con Kracauer. Sino la recuperación/añoranza de un pensamiento mítico. Va a decir Kracauer en el capitulo llamado “El ornamento de la masa” (quizás el más programático, en el que su teorización crítica se torna mas elocuente, más contundente): “La época capitalista es una etapa en el camino de la desmitificación”.
   Una racionalidad ensimismada, y desligada de la naturaleza, propiciaría, según el autor que nos convoca, estadíos de vacío de sentido, de pura concretidad. Los individuos, así, homogeneizados en tanto masa, siendo “apenas fragmentos de una figura”, pura superficie.
    Desmitificación y fragmento. Conceptos ponderables en su resonancia contemporánea. En donde la fragmentación de los grandes relatos (claro, míticos), es vivida como supuesto y vitoreado logro. Marcas de nuestra era: la disputa con los mitos, el afán deconstructivo; el terror a la totalidad, el afán por lo múltiple. Marcas que se tornan insustentables en su incapacidad de engendrar comunidad, y eminentemente conservadoras por obviar alegremente las contradicciones sociales que siguen fundándonos. Discusiones, debates, que en este libro aparecen en ciernes, y que retornan, y vuelven (afortunadamente) a asediarnos.