31º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata 2016 ¿Qué sentido tiene, hoy, un festival de cine?

Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

   La primera vez que viajamos al Festival de Mar del Plata lo hicimos en un tren lleno y eterno. Viajamos toda la noche en los asientos más baratos, asientos de madera en los que nadie nunca podría dormirse. Nadie sabe de dónde habíamos sacado que un festival de cine era algo por lo cual valía la pena llevar a cabo toda clase de hazañas absurdas. No estaba tan claro entonces qué sentido tenía viajar a un festival; al menos no para nosotros, no sabemos si para el resto. Salimos corriendo de la estación hacia el Auditorium, mochila a cuestas, para llegar a la primera función. Durante aquel primer festival nos movimos sin mapa: elegimos películas por el título, por la sala, porque llegábamos, y aunque no llegábamos -vimos ocho películas en un día, saliendo un poco antes de algunas y llegando un poco tarde a otras, editando permanentemente en el mundo real una mega-película sin principio ni fin-. Armamos operativos imposibles para conseguir entradas para películas que ni siquiera sabíamos que existían. Nos equivocamos mucho, por supuesto: así aprendimos a irnos por primera vez de una sala de cine, o a dormir una siesta sin culpa. También acertamos mucho y, por sobre todo, aceptamos sin dudar lo que el azar nos ofrecía porque lo que necesitábamos era eso: comprobar, como ya sospechábamos, que el cine podía ser cualquier cosa que quisiéramos. Vimos películas en el último rincón de la escalera de una sala repleta y en otra en la que fuimos casi los únicos espectadores; en cines un poco decadentes pero todavía hermosos; en una sala-sótano (clarísimo ex cine porno) en la que tocaban bandas todavía under y se tomaba mucha cerveza; vimos películas comiendo y durmiendo un rato de vez en cuando, porque no había tiempo de hacer esas cosas en ningún otro lado. Volvimos al año siguiente. Y el otro. Y el otro. Y así hasta perder la cuenta. Fuimos probando y descartando técnicas para orientarnos en ese caos maravilloso, diseñando cronogramas imposibles. Aprendimos de a poco y sin darnos cuenta a leer un festival, a rastrear rutas imperceptibles; entendimos cuál era el trabajo de un programador, fuimos eligiendo a nuestros cómplices y guías. Aprendimos muy pronto -esto sí desde la primera vez- que un festival es, ante todo, una comunidad: en ese entonces todavía íbamos mucho al cine, pero ninguna sala en nuestra vida cotidiana estaba tan llena y tan desbordante de felicidad como el Ambassador en sus funciones de trasnoche. En esas butacas incómodas nos enamoramos del cine para siempre: del cine que -como todos sabemos, aunque ya hayamos empezado a olvidarlo- no está sólo en la pantalla sino también en la platea, en la puerta de la sala, en la calle, en los bares. Aprendimos que lo importante no era sólo ver las películas sino verlas juntos, en una sala, con amigos y desconocidos con los que a partir de ese momento nos uniría, sin saberlo, una marca imperceptible entonces pero reconocible con el tiempo. Un festival de cine es también, entre muchísimas otras cosas, un espacio formativo como ningún otro, absolutamente irremplazable: somos muchos los que aprendimos ahí, sin darnos cuenta, buena parte de lo que sabemos del cine (y, en consecuencia, de la vida). Ver las películas juntos, anticiparlas juntos, discutirlas juntos antes y después, amarlas, odiarlas, cuestionarlas, reconstruirlas, olvidarlas y recordarlas juntos.  Y también, claro, escribir sobre ellas. No es casual que, como ya dijimos infinidad de veces, esta revista haya nacido en el Festival de Mar del Plata. Nada de todo eso habría sido posible viendo películas solos en nuestras casas.

   Un festival que no logra construirse como espacio de pertenencia está muerto. En eso tienen un poco de razón los escépticos: ya no hace falta salir de casa ni mucho menos viajar a otra ciudad para ver una película. Aunque cuidado; si escarbamos un poco bajo la superficie, también eso revela ser una falacia: hay cada vez más películas invisibles, y es por eso -entre otras cosas- que los festivales se han vuelto un espacio cada vez más valioso (los invitamos a revisar la cartelera de Mar del Plata más allá de los diez días que dura el festival para entender de qué hablamos). Tal vez estemos exagerando un poco: un festival de cine puede cobrar vida de muchas formas, pero tal vez hoy esa sea la más importante. Esos espacios de pertenencia pueden ser muy diversos, incluso dentro del mismo festival; ese es el caso de Mar del Plata. En Mar del Plata hay lugar para quienes esperan los hits de los Grandes Nombres del Cine, para los fanáticos del cine de género que sólo van a las trasnoches, para los que se arriesgan con el cine experimental, para los que quieren ver películas latinoamericanas con mensaje, para los que aman los clásicos argentinos, para los que quieren ver cine mudo con música en vivo… Muchas veces se acusó al Festival de Mar del Plata de carecer de un rumbo definido, de tener una programación un poco esquizofrénica. Sin embargo, creemos, en los últimos años se ha vuelto cada vez más evidente el orden en el caos: ¿por qué no pensar en otro espectador posible, uno que aún no mencionamos, uno capaz de disfrutar por igual de todos esos cines anteriormente enumerados? Es posible trazar decenas de “festivales de Mar del Plata” dentro del festival, pero también es posible, y esto es importante, recorrer un camino que los atraviese a todos. En esa “esquizofrenia” se puede leer entre líneas una declaración de principios: no es que el cine deba ser determinada cosa; el cine puede ser todo eso. Un festival como Mar del Plata no programa cientos de películas para que las veamos todas, sino para que podamos elegir; tampoco se podría decir que todas las películas de un festival tan enorme como Mar del Plata son “buenas”, pero entre ellas hay -o se puede establecer- un diálogo, a veces evidente, a veces inaudible. A veces, incluso, ver que algunas películas se dan la espalda sirve para diagnosticar cierto estado de cosas.

   Pero hay algo más: en un campo cinematográfico cada vez más reducido, más atomizado, más “especializado”, en Mar del Plata hay lugar, todavía, para el que no ama -al menos a priori- ninguna de esas cosas. Hay lugar para el que pasó por la puerta del cine y eligió una película por el título, por el afiche, por el horario, porque es viernes a la noche, porque ver una película del festival sale tres veces menos que ver una de cartelera. Y eso es importante porque -por favor, nunca lo olvidemos- todos fuimos alguna vez ese espectador a punto de descubrirlo todo, a minutos de ver algo que ni siquiera sospecha que es posible. En Mar del Plata esos espectadores conviven, en mayor o menor medida, con la invasión cinéfila que llega cada noviembre a la ciudad, y esta convivencia no puede hacer más que potenciar la experiencia de ir al cine para unos y para otros. En eso, Mar del Plata es un festival abierto: por ejemplo, por su política de “mezclar” acreditados y público general en las funciones de prensa (vamos, ¿quién quiere ver una película rodeado sólo de -en el mejor de los casos-“especialistas”?) o por sus “acreditaciones pagas”, que permiten a los cinéfilos que no trabajan en prensa ni en la industria acceder a una serie de funciones diarias por un precio bastante menor al que implicaría comprar esas entradas por separado. El cine todavía conserva la potencia de ser un arte inclusivo, una experiencia colectiva capaz de aunar e interpelar a espectadores de lo más diversos, y en el festival de Mar del Plata esto no se construye desde ese siempre mal entendido populismo que busca darle al público “lo que quiere ver” –al cual, extrañamente, sí responden algunos espacios por fortuna periféricos, como las proyecciones en la playa, o las figuras convocadas para la apertura y la clausura, o el inexplicable spot promocional de este año, que poco tienen que ver con el resto del evento- sino de un modo mucho más elemental y más valioso: poniendo las películas a disposición de sus espectadores. Hemos visto más de una vez en Mar del Plata a un grupo de espectadores ocasionales acercarse al final de una función a abrazar a algún sorprendido cineasta experimental (de esos con los que ni siquiera buena parte de la cinefilia se atreve). ¿Quién puede determinar a priori qué es lo que “quiere” o “necesita” un espectador? Nunca sabemos cómo o por qué se puede producir un encuentro, y es también la función de un festival potenciar esa libertad.

   En lo que a eso respecta, es destacable la gran cantidad de realizadores que acompañaron las proyecciones de sus películas, abriendo un diálogo directo con el público. Es cierto que el festival está escaso de estrellas (sea lo que sea eso), aunque ningún cinéfilo podría subestimar la importancia de Olivier Assayas, Jonathan Rosenbaum o Vittorio Storaro, las figuras de este año, aunque no sean “estrellas” propiamente dichas. Estos encuentros se cuentan entre las experiencias irrepetibles de un festival; las que lo transforman en un auténtico acontecimiento. También es verdaderamente valiosa, en ese aspecto, la labor de los programadores a la hora de presentar las películas en buena parte de las funciones (y no sólo las de las películas “importantes” o en competencia); otro gesto que ayuda a construir un puente entre la pantalla y la platea. En un contexto en que las películas se han vuelto más frágiles que nunca (basta con ver lo que sucede jueves a jueves con los estrenos), el festival elige no dejarlas solas. Cuidar las películas es cuidar tanto a sus realizadores como a sus espectadores, y, sobre todo, cuidar el vínculo entre ambos, y Mar del Plata parece haber entendido esto muy bien.

   De las películas hablaremos después. No ahondaremos aquí en el lugar común (con el que, de todos modos, acordamos) de que los premios no suelen estar a la altura de la programación, o que lo mejor de Mar del Plata no suele estar en sus competencias, a pesar de que con los años hayan mejorado y estén empezando a reflejar esta esquizofrenia feliz que caracteriza al festival. Lo cierto es que en Mar del Plata es cada vez más difícil equivocarse y las críticas que pueden hacerse a su programación tienen cada vez más que ver con lo que unos y otros pensamos que debe ser un festival (o el cine, a secas) que con verdaderos tropiezos. Dejamos afuera por esta vez, también, las cuestiones organizativas; no porque no sean discusiones válidas, sino porque este texto partió de una duda que precede a todo eso: ¿qué sentido tiene, hoy, un festival de cine? ¿Por qué peregrinar -esa es la palabra exacta- hacia otra ciudad, otro país, para encontrar lo que podemos tener con un poco de Google y un par de horas de descarga? ¿Qué hay ahí que no haya en otro lado?

   Decíamos que un festival vive cuando se constituye como espacio de pertenencia; si estamos en lo cierto, la vitalidad del festival de Mar del Plata es, hoy, evidente. Mar del Plata y sus espectadores hemos ido forjando una historia en común, un ciclo anual de rituales, de citas, de encuentros no necesariamente acordados pero sí esperados, entre nosotros y con las películas. Y esto que ningún torrent ni servicio de streaming puede acercarse siquiera a reproducir es acaso la más valiosa y más frágil herencia que el cine del siglo XX nos ha legado y que estamos obligados a defender a muerte, de todas las formas posibles. Porque puede que sea ahí, en la disolución de la experiencia colectiva -más que en el apagón analógico, o en el cierre de los laboratorios – donde el cine se esté jugando la vida.

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1 Respuesta

  1. Gabriel dice:

    Hermosa nota. Gracias,

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