30° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata 2015: Mountains May Depart (Jia Zhangke / 2015 / China Francia Japón) Go West

Mountains may depart

 

   El comienzo de Mountains May Depart puede resultar desconcertante para los seguidores de Jia Zhangke. ¿Una comedia romántica? ¿Un melodrama social? Pero aquí nada es lo que parece, o al menos no del todo: los intereses y preocupaciones de uno de los mejores retratistas de la China contemporánea están intactos. Así como en A Touch of Sin, aquí Jia vuelve a recurrir al género para reforzar su mirada crítica de un país en conflicto y construir una película que se aleja de sus films anteriores sólo en apariencia; más bien, llega al mismo lugar por otros caminos. Mountains May Depart es una saga familiar en tres tiempos,  que se extiende a través de los años reflejando en sus vaivenes las transformaciones de China y sus relaciones con el resto del mundo. En el primer episodio, en 1999, sigue un triángulo amoroso que encierra un dilema ético y práctico además de romántico: la bella Shen Tao tiene que escoger entre sus dos enamorados, un humilde minero y un empresario envalentonado por las promesas del nuevo milenio. El segundo episodio reencuentra a los personajes en 2014, en un mundo que ya no es el mismo, en que el dinero de unos es la miseria de otros y las consecuencias del avance del capitalismo despiadado se vuelven cada vez más palpables en los vínculos, en la subjetividad y en el cuerpo. El tercer episodio se proyecta hacia el futuro cercano, hacia un 2025 signado por el desarraigo y la crisis de identidad de los hijos de una China que nunca supo resolver el paso hacia Occidente.

   Si por momentos el símil se vuelve lineal y transparente, en la mayoría de los casos los seres que habitan el universo de la película son lo suficientemente densos como para exceder, por mucho, la mera exposición de una tesis; en particular su protagonista (interpretada por la magnética Zhao Tao), que carga sobre sí la complicada tarea de significar el paso y sobre todo el peso del tiempo, y que es capaz de condensar en sus apariciones una historia a la vez íntima y nacional.

   Jia construye un melodrama mucho más melancólico que excesivo, cuyo efecto es acumulativo y se va profundizando con cada salto adelante que dan los personajes. Una melancolía que se desprende no sólo del guión, o de los fantásticos trabajos de sus intérpretes, sino también, entre otras cosas, de un sutil uso expresivo de los espacios, de una paleta de color que va virando de manera casi imperceptible, y del trabajo de la música a partir, sobre todo, de dos leit motivs: una noventosa balada cantonesa y Go West de los Pet Shop Boys, que en cada una de sus precisas apariciones cobra un sentido a la vez irónico y muy literal. Jia trabaja el cambio a través de la recurrencia sin volverse nunca repetitivo, haciendo visible lo que cambia a partir de lo que permanece (porque lo que permanece, como todos sabemos, nunca permanece igual). Y toda esa melancolía cae con fuerza sobre el espectador en un último plano maravilloso y triste, en una de las escenas más bellas de este festival. Quizás en el Oeste el cielo sea verdaderamente azul y no gris como el cielo de Fengyang, pero no cabe duda de que ahí la vida no es tan pacífica como parece.

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