20.000 días en la Tierra (Iain Forsyth y Jane Pollard / 2014 / Reino Unido) La metamorfosis

   20.000 días en la Tierra

Es evidente desde un comienzo que 20.000 días en la Tierra no es un rockumental clásico, sino una película hecha a la medida de Nick Cave, su protagonista absoluto (y también uno de sus guionistas): como en todo lo que lo rodea, detrás de este (auto)retrato hay una fuerte dosis de performance y puesta en escena, y es a partir de la tensión documental-ficción que la película decide revelar al artista.
La clásica estructura entrevistas/archivo/observación que suele predominar en los documentales sobre estrellas de rock no desaparece, pero sí se desplaza: así, las entrevistas son reemplazadas por “sesiones” con un “psicólogo”, y es el propio Cave que nos guía (literalmente) a través de su archivo personal.
La figura de Cave es, por supuesto, el centro del relato; tal vez incluso en exceso. Está en pantalla todo el tiempo, de una forma u otra: a través de sus testimonios, de sus interpretaciones, de la voz over que conduce la narración… No cabe duda de que es un personaje magnético, tanto arriba como abajo del escenario, pero tanta omnipresencia se vuelve, por momentos, claustrofóbica. En ese sentido, los diálogos con sus viejos y actuales colaboradores se convierten en un respiro; son los momentos en que el documental (y el protagonista) se relaja y donde esa puesta en escena de la intimidad que sostiene todo el tiempo se siente más sincera.
Pero en el fondo, y como debe ser, lo que importa es la música. Hay un tema-pregunta que recorre explícita e implícitamente todo el documental: ¿qué pasa cuando alguien se sube a un escenario? ¿En qué consiste ese misterioso proceso alquímico por el cual un ser humano se transforma en un intérprete? La película misma apuesta a eso: lejos está (y tampoco le interesa) de darnos una pista del Cave real; lo que nos ofrece es su propia puesta en escena al cuadrado. La cuestión vuelve una y otra vez, y no sólo en los testimonios de y sobre Cave; también a través de las anécdotas que involucran a otros artistas (la más genial tiene que ver con la gran Nina Sim
one) y de sus efectos en el público; hay una escena de antología con una espectadora de primera fila, hilarante y conmovedora al mismo tiempo. Pero sobre todo se hace visible en las escenas (que no son tantas) en las que, finalmente, vemos y escuchamos a Cave cantando. En las escenas íntimas, en los ensayos y, sobre todo, en la interpretación de Jubilee Street en la Ópera de Sydney que cierra la película -I’m transforming/I’m vibrating/Look at me now-, cuyo bellísimo montaje sintetiza años de performance. Y ante esa escena -que bien vale la película, y condensa todo lo que la película expresa- ya nada importa; entendemos finalmente a qué se refería Cave desde el principio, y les perdonamos todo, a él y al documental.

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