19º BAFICI – Charla con Nanni Moretti

Charla con Nanni Moretti

   En la escena, o en esa suerte de escenario que acompaña a la pantalla en el cine, hay un hombre ausente. Mientras la gente ingresa a la sala, Nanni Moretti está “en otra”: escribe, lee o revisa quién sabe qué; habla un poco con el traductor que, aclarará Javier Porta Fouz, no es traductor. Cuando escucha el aplauso, Moretti mira al público; lo reconoce sin simpatía. Algo comienza.
La ronda de preguntas con Porta Fouz es breve, dura poco. “Pasemos a las preguntas” pide el director italiano. Moretti dirige la escena. “Preguntas”: no quiere escuchar declaraciones o conferencias del auditorio. No va a hablar mucho de política. Ante la pregunta “¿Qué es ser comunista hoy?”, se hace el tonto, dice que no puede contestar; “hay mucha prensa italiana”, se justifica. Las preguntas sobre el Papa lo fastidian. Tampoco le gusta que describan en detalle escenas de sus películas o que citen sus diálogos. Cuando sospecha que se está hablando de uno de sus films menos populares, tiene un gesto generoso: comparte con el público el argumento, “porque seguramente, muchos no lo vieron”. También recomienda: “Hay que ver películas de todo tipo, buenas y malas, pero sólo hay que leer buena literatura”.
No está cómodo, se lo ve cansado, pero, aun así, el set es de Moretti. No le gusta el halago fácil, no lo genera, hace chistes pero no construye empatía. Alguien pregunta: “¿Cómo nace una película de Nanni Moretti?”. Y en ese momento, este italiano impaciente se muestra sensible y define su proceso creativo como una acumulación de imágenes, sensaciones, situaciones y sentimientos. También recuerda algunas de las primeras imágenes que originaron en su mente sus películas más conocidas. No es metódico, asegura.
Parecen gustarle las preguntas sobre su trabajo con los actores y se reconoce perfeccionista. Sabe, asegura, qué tipo de actuación le gusta. No quiere que sus actores o actrices “se pierdan en el personaje”. Le gusta ver al intérprete en el personaje. Un director, dice, no tiene que saber tanto lo que quiere como lo que no quiere: qué tipo de escenografía no le gusta, qué tipo de actuación no le gusta, qué tipo de composición no le gusta. Dice que cada vez le gusta más su trabajo y que le gusta cada vez menos explicarlo. ¿Para qué estamos acá? Moretti no disfruta hablar de su trabajo y todos nosotros ya sabemos o sospechamos cuáles son sus ideas. Vimos sus películas. Sabemos qué le gusta de este mundo y qué no. Es difícil salir de lo obvio. Espectador y cineasta se enfrentan al mismo problema: ¿cómo recorrer caminos ya transitados? ¿Para qué preguntar? ¿Para qué decir una y otra vez lo mismo? Ahí están sus películas para abordar de una manera nueva lo que todos padecemos, padecimos o podemos llegar a padecer.
“No hay que victimizarse” dice a los futuros cineastas. “No hay que culpar al Sistema, no hay que culpar al mundo o a la Industria porque no nos comprenden. Hay que hacer, hacer y hacer”. No quiere dejar un mensaje, no quiere decir algo de “izquierda” pero lo hace.
Pide dos preguntas más. Hacia el final habla de su sala de cine, de su distribuidora y de su labor como productor. Con voz cansada, dice “buenas noches” y da por concluida la conferencia. El set es de Moretti. No parece del mejor humor pero podemos sentirnos contentos. En el centro de este remolino de dudas en el que nos preguntamos todos los días cómo hacer cine, cómo exhibirlo y cómo financiarlo, Nanni Moretti vino a visitarnos.

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