17º BAFICI: Letters to Max (Eric Baudelaire / 2014 / Francia) Te escribo desde un país lejano

Letters to Max

Por Griselda Soriano

   Letters to Max bien podría ser una de esas ficciones disfrazadas de documental o documentales disfrazados de ficción que tanto amaba Chris Marker. La asociación no es fortuita, porque Marker fue uno de los más férreos defensores de un cine epistolar, de ese cine que construye un interlocutor (ficticio o real, da igual) a medida que se construye a sí mismo, una forma particular del ensayo cinematográfico que demanda un pensamiento activo del otro lado de la pantalla.

   Un realizador escribe a un diplomático de un país que no existe. O, más bien, que existe (lo vemos existir frente a nuestros ojos, aunque el planisferio diga lo contrario) pero no existe casi para nadie más que para quienes lo habitan. Víctima de una extraña maldición contemporánea, la de ser un limbo en la Tierra, Abjasia es un territorio que se independizó de Georgia al desmembrarse la URSS pero no es reconocida como Estado autónomo más que por un puñado de países que pueden contarse con los dedos de una mano (y probablemente algún dedo nos sobre). Las cartas a Max del títul son las cartas que el director Eric Baudelaire dirige a Maxim Gvinjia, ex viceministro de Relaciones Exteriores de Abjasia, con la esperanza de que por algún milagro epistolar lleguen a destino, indagando con una mirada simple y cálida pero para nada condescendiente sobre su vida, su trabajo y sus pensamientos en tan peculiares circunstancias. El milagro sucede, las cartas llegan, y Max las responde con un relato a la vez político y personal, mientras ante nuestros ojos se suceden las imágenes que prueban que sí, que Abjasia existe, que no es fruto de la imaginación de un escritor de ciencia ficción aburrido, y que en él, sean reconocidos o no, hombres, mujeres, niños, animales y plantas viven como vivimos cualquiera de nosotros.

   Letters to Max construye un relato en varios tiempos: del presente de esa vida cotidiana que presenciamos imágenes al pasado que Max reconstruye para Baudelaire y para los espectadores (ese mismo pasado del que las ruinas -tantas ruinas- son testimonio físico), y también la interrogación por el futuro, ese futuro no exento de preguntas incómodas (¿Qué se hace con los refugiados que fueron desplazados y que Abjasia no acepta? ¿Es posible olvidarlos? ¿Qué precio pagará la pequeña Abjasia a cambio de ser reconocida por la gigantesca Rusia? Y así sucesivamente). Y en ese ir y venir, que también va de lo íntimo a lo político, de lo abstracto a lo concreto, Baudelaire y Gvinjia cartografían un país tan real como imaginario y, en eso, tan igual a cualquier otro.

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