15º DocBuenosAires: Eduardo Coutinho, 7 de octubre (Carlos Nader / 2014 / Brasil) La distancia justa

Eduardo Coutinho, 7 de octubre

La entrevista que Carlos Nader le hizo a Eduardo Coutinho el 7 de octubre de 2013 no tenía en ese momento destino de testamento, aunque las palabras de Coutinho encerraran, casi sin querer -entre cigarrillos, chistes y puteadas-, un legado. El proyecto: invertir campo y fuera de campo, dar pantalla a ese contraplano que las películas de Coutinho niegan la mayor parte del tiempo, converitr a Coutinho en personaje y desmenuzar el método de trabajo de un documentalista excepcional. Pero  poco después intervino la muerte y el film cambió de signo inevitablemente. No hay en él, sin embargo, nada de la tristeza que uno podría imaginar para una elegía, ni rastros del pesimismo radical del cual el mismo Coutinho se auto-inclupla. Tal vez porque, como él mismo dice, sus películas son siempre felices (y aunque en este caso la película no es estrictamente suya, no deja de ser su alma).

Para filmar Eduardo Coutinho, 7 de octubre, Nader se rodeó (y rodeó a Coutinho, literalmente) de su habitual equipo de trabajo; es este un gesto cinematográfico amoroso entre otros en un film que habla, entre otras muchas cosas, del documental como un acto de amor. Coutinho se entrega prácticamente sin resistencias a un intercambio muy similar a los que él mismo solía proponer. La película de Nader se acerca y se distancia del “método Coutinho”, un método que podríamos sintetizar más o menos así: entrevistador, entrevistado(s), un espacio limitado, planos casi fijos y una conversación que tal vez habría que definir como confesión. Coutinho trabaja una forma extremadamente depurada del documental, que lo reduce a lo que para él es indispensable: el encuentro entre dos personas, de uno y de otro lado de la cámara. Nader retoma estos elementos, pero su planteo es más laxo: se cierra sobre el discurso fascinante de Coutinho, pero se abre para incluir el detrás de escena de la entrevista y algunos fragmentos de la filmografía del director, a modo de ilustración. El corazón de la película, sin embargo, sigue siendo el diálogo, pero al diálogo entre ambos se suma otro “diferido” que Nader propone casi como un juego: el que Coutinho establece con las escenas de sus películas.

“¿Me entrevistarías?” le pregunta Nader a Coutinho en un momento del film, e inmediatamente después confiesa la emoción y los nervios que le provoca ese pedido intempestivo cuya respuesta, imaginamos, ya conoce. Coutinho se niega, por supuesto, a un procedimiento tan fuera de lo habitual (no podría entrevistar nunca a alguien que conoce, aduce, porque para que el otro hable es preciso que él “esté vacío” de saber sobre ese otro), pero hay algo en ese estremecimiento perceptible de Nader que es revelador. Y no sólo de la admiración por un maestro (y Coutinho, aunque se esfuerce por alejarse de toda solemnidad, lo es). Es una escena adorable, casi de seducción tímida, una declaración de amor cinéfilo encubierta, pero también evidencia esa negociación por momentos explícita y por momentos tácita que implica hacer un documental, en la que lo que está en juego no es ni más ni menos que el deseo de conectarse con el otro y la aceptación (o no) de ese deseo. Ese otro que en las películas de Coutinho es muchas veces un Otro con mayúsculas, alguien radicalmente distinto al cineasta (y seguramente a muchos de sus espectadores), que a pesar de todo logra reconvertir esa distancia en cercanía a través de una combinación de curiosidad y respeto pocas veces vista. “Todo está para ser descubierto” dice Coutinho, y pone en palabras ese afán de descubrimiento del mundo tan palpable en sus documentales. Coutinho habla de la necesidad de encontrar una “distancia justa” para sus conversaciones (como es necesario encontrarla en cualquier vínculo), y esa distancia delimita un método, una estética y una ética. En el cine de Coutinho, la distancia acerca y la diferencia puede ser una ventaja si se la reconoce y asume.

El de Coutinho es un cine de la palabra, pero la palabra siempre está cosida al cuerpo a través de un hilo invisible. Es el deseo de esos cuerpos que hablan lo que se pone en juego en una entrevista; un intercambio que es, a su modo, dice Coutinho, erótico. La palabra es objeto del cine de Coutinho; en él no parece haber nada más, pero no lo olvidemos: la palabra también es historia, es género, es clase, es experiencia, es vida, es -como decíamos, como decía Coutinho- cuerpo y tantas cosas más que permiten que quedemos hipontizados por películas que, al fin y al cabo, lo único que hacen (y no es poco; es muchísimo) es escuchar.

La palabra es el centro de los films de Coutinho no porque éste esté fascinado con el texto; si hay algo que a Coutinho le fascina, claramente, es la vida, o para ser más precisos el relato de la vida. “Todo pasado contado es más intenso que el pasado vivido” enuncia, explicando no sólo lo que nos maravilla de sus películas sino también buena parte de eso que nos hace ser humanos.

Coutinho habla también de lo incomunicable: la palabra relata la expericencia, pero hay experiencias que no pueden ser comunicadas. ¿Qué es lo que transmiten las películas de Coutinho, entonces? ¿Cómo? Es el cine el alquimista que interviene (nada de eso pasaría si no estuviera él y su cámara, dice Coutinho) y hace de todo eso algo palpable, logrando que de alguna forma esas experiencias intransferibles de los personajes se vuelvan transmisibles y se hagan cuerpo también en los espectadores. No es extraño escuchar risas y llantos en las películas de Coutinho, y esto tanto en pantalla como en la platea. ¿Hacen falta más pruebas de esa comunicación?

¿Cuál es el misterio, entonces? ¿Cómo logra Coutinho algo que, según sus propias palabras, es imposible? Hay muchas respuestas posibles, pero arriesgaremos, por ahora, solo una: en ese diálogo en que la palabra se hace cuerpo y el cuerpo habla, Coutinho encuentra la distancia justa no sólo con sus personajes sino también con sus espectadores. Puede que la muerte haya interrumpido las conversaciones de Coutinho con los primeros, pero gracias a sus películas -y es que el cine es, literalmente, un médium- sus conversaciones con nosotros no se terminarán nunca. Por eso es que también, en este texto, hablamos de él -con él- siempre en presente.

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